Old boy

Jadeando. El corazón en el pecho y las manos temblorosas. No sabe cuanto tiempo le va a dar la oscuridad del zaguán pero no va a ser mucho. En cualquier segundo va a aparecer uno de los drones, o las camionetas negras, o va a sonar la alarma y atrás van a venir ellos, negros e inevitables y ese va a ser el fin…
No tendría que haber aceptado.
Cuando sus compañeros se acercaron todo sonrisas y jodas para decirle lo del partido de papi futbol y que faltaba uno todavía, tendria que haber dicho NO de inmediato; pero quería pertenecer, quería que lo aceptaran, quería ser uno de “los chicos” otra vez y a la primera pelota fuerte que trabó el tobillo se le dobló para atrás como un pedazo de madera húmeda.
Por supuesto mintió, macaneó, dijo que no era nada y hasta rió con la broma de que los hombres de negro iban a ir a buscarlo.
Al otro día ya no reía.
Hinchado, morado, pulsante. Trató de ocultarlo por todos los medios, pero los días pasaban y las pruebas se acumulaban en esas cámaras que lo ven todo. Primero la cola del cajero que atrasó cinco personas por arrastrar la pierna. Luego fueron las escaleras y los diez minutos (y mas tarde quince, y mas tarde veinte) de productividad diária que su jefe no dejaba de reclamarle. A esa altura ni los calmantes ni los analgesicos comprados a escondidas servían.
La gota que derramó el vaso llegó hoy a la hora del subte; cuando cayó detrás del molinete y otras cinco personas cayeron con él. Las alarmas sonaron, y él supo que ya era demasiado tarde para ocultarlo.
Sacando las ultimas fuerzas que le quedaban, olvidandose lo mas posible del dolor, subió las escaleras, rengueó a través de las veredas y se perdió entre la gente hasta llegar aquí.
Tal vez si lograba escapar al campo, donde los controles son mas leves, tal vez ahí…
No llega a completar el pensamiento. Las luces lo enceguecen, el altavoz resuena por las calles y las botas de los hombres de negro retumban arriba…
Desesperado trata de huir, de trepar, de algo, pero solo puede caer ante un cuerpo que ya no le responde como antes.
Los hombres de negro lo miran. Sin odio, casi con desinterés lo dejan arastrarse para que se haga a la idea, para que acepte de una vez que es un viejo y ya no hay lugar para él acá. 

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