La escondida.

Al libró lo encontró al costado de su mesa habitual en el Bar, mientras buscaba el Olé medio distraído. Con el título “Reglamento de juegos. Un desafío”, tenía una encuadernación barata, con la textura del cartón humedo, las hojas finas y el lomo desgastado. Lo cierto es que a él no le iban mucho los libros, pero la tardanza de los muchachos en terminar el partido de Papy, y la inexistencia de buenas noticias con respecto a Racing hicieron que no pudiera evitar hojearlo.
Previsiblemente, era una conjunción de reglas y parámetros sobre juegos harto conocidos; así, La Mosca, La cuerda, zapatito cochinito, y otros tantos juegos de su niñez eran descritos en un lenguaje parco y frío que les quitaba toda la gracia que alguna vez tuvieron. la escondida, Casi oculta sobre el final, era otra cosa. escrito en el estilo de los viejos anuncios de revistas, versaba “Usted ha sido elegido para este apasionante Juego. Las reglas son sencillas así que, preste atención. Cuando este listo; simplemente alejese de nosotros y escondase. Pasado un tiempo prudencial, saldremos en su busqueda. Elija bien su , somos buenos en lo nuestro y añoramos un reto. Tiene usted 5 Posibilidades. Uselas sabiamente pués si pasadas las mismas lo encontramos…” Sonrió, un poco cínico, pero había algo en ese “nosotros” y en ese final tan de zopetón, que no le gustó nada, por ello, resolvió “perderlo” en el 168 camino a Constitución.
Un Par de días pasaron, como siempre pasan, entre el laburo, los gritos de Laura y el ir de aca para alla como bola sin manija. Tan inmerso estaba en sus cosas que hubiera logrado olvidarse de aquel incidente si el libro no lo hubiera encontrado nuevamente, esta vez dentro del archivador que correspondía a la letra F, ahí, entre Ferreyra y Ferraro. Al principio pensó en un chiste de alguno de sus compañeros, pero la combinación del archivador y el hecho de que no había contado la historia a nadie lo hacían simplemente imposible.
No solo eso, esta vez, al repasar las paginas para ver si se trataba del mismo libro, vió, con terror creciente, que en el lugar donde decía “5 posibilidades” ese numero había cambiado por un “4”, ominoso e inescapable. Ya mas asustado, esta vez si, contó la anécdota a sus compañeros, evitando contar ciertos detalles, tratando de que no se notara que intentaba conjurar vaya a saber que males. por las dudas, esta vez tiró aquel libro en una alcantarilla al costado del camino.
Como imaginaba, el libro volvió a encontrarlo, esta vez atrás de su heladera cuando limpiaba las trampas para cucarachas provocándole un grito que tuvo que tapar la boca para ahogar. Tampoco le sirvió de nada el viaje a pergamino, a casa de sus viejos, sin excusa y completamente paranóico, pues, una vez mas, el volumen lo estaba esperando oculto en el hueco de un arbol centenario.
Casi desahuciado, Como ultima posibilidad, logró concebir una idea probablemente inútil pero no descabellada y, con ella en mente, volvió al bar del Club para tratar de averiguar la génesis de tal monstruosidad.
Por supuesto, nadie sabía nada al respecto y casi sollozando, se sentó en la barra dibujando círculos con la transpiración de las bebidas.
Mascando un viejo escarbadientes, El gallego de la barra intentó hacer conversación, mencionó que hacía rato que no lo veía, que los muchachos de la cancha lo extrañaban, que no se lo veía muy bien y luego agregó que debería ser algo del ambiente, si, señor, del ambiente, si no, como se explicaba lo que le había pasado a Marcos, un muchacho de lo mas normal, que un día llego al bar con ojeras, y los ojos así desorbitados, como los tuyos y preguntó; así, como quien no quiere la cosa que si alguien quería jugar a “La Mancha”, Si, “La mancha”, ese juego donde se tocan y que si es venenosa, o helada, o que se yo, pero la cuestión es que todos creyeron que era un chiste y el muchacho este, te dije que se llamaba Marcos, bueno, el muchacho este se desespera, y grita, y medio que se pone a llorar y sale corriendo y nadie mas lo vuelve a ver y…
Congelado en su lugar, ya no pudo oír las palabras finales del gallego. Solo pudo mantenerse quieto, como congelado, los ojos perdidos en la nada y las manos en el bolsillo del pantalón donde solo nota la textura del cartón húmedo, las hojas finas, el lomo desgastado…

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