Cena de Navidad.

A eso de las tres de la tarde del 24 madre llamó histérica por el Omnisor. Yo acababa de llegar de Ginebra y estaba apenas reacostumbrandome a la tecnología de Buenos Aires cuando su voz toda temblorosa y finisima salió del aparato antes de que siquiera pudiera ver su imagen.
“Francois, se fué… se escapó” detrás de ella Rosita la apantallaba con una toalla.
“Madre, Calmate un segundo, por favor. Rosita, por favor traigale a Madre un Parche de Xanax y…
“no, no, no, no, No. Nada de xanax. Necesito que vengas y nos ayudes a buscarlo… no puede haber salido de la casa…”
“¿Quien, Madre? ¿Quien no puede haber salido de la casa?”
“El Motita”, ¿Quien va a ser? Te juro, estaba todo bien, como siempre, él con los suyos, encerradito pero cuando Julio fué a buscarlo para ya empezar a prepararlo, se había ido. Justo hoy ¿Me entendés? Justo hoy que por fin el archiduque aceptó venir a casa, se nos escapa. ¿sabés lo que van a decir de nosotros si la Cena de Navidad no tiene plato principal? ¿Sabes como nos van a mirar en el club?”
“¿Y no tenemos a ningún otro que pueda ocupar su lugar?”
“Son para el año que viene. No están engordados como se debe… No, no, no no. Tiene que ser él”
Por supuesto le dije que se calmara, que iba ayudar e inmediatamente le corté. Madre es insoportable cuando no esta medicada pero si la cena no salía esto se iba a poner feo de verdad. Ademas, tenía razón; no se podía cambiar el menú a esta altura. Había que encontrar al “Motita”.
Nos encontramos con Julio en la puerta de los establos; me saludó de señor, y a pesar de sentirlo extraño porque solíamos jugar juntos, sé que es para mejor; así que, sin mediar muchas mas palabras, empezamos a buscar por toda la casa.
Uno en uno, fuimos a los lugares donde solía estar, cerca de las canchas de polo, entre las enramadas de pino… hasta el borde de la casa de sirvientes, donde solía jugar con sus hijos fuimos. Finalmente, lo encontramos al lado del laguito, al sur del ala principal, estaba casi echado sobre el pasto y solo hacia unos ruiditos entrecortados con la nariz. Apenas lo tuvimos que empujar un poco y se dejó llevar sin chistar, cabeza abajo, la motita negra encima de la boca apenas humeda de transpiración.
Ya en el granero, Julio se acercó y dijo que debía prepararme para la cena, que ya no tardarían los preparativos y que a madre no le gustaría que llegara tarde. Probablemente por curiosidad o tal vez para ver el asunto hasta el final, le dije que no, que lo iba a acompañar a ver a la familia, que era lo correcto. Un poco sorprendido, intento negarse, pero le puse la mano en el hombro y le pedí que nos apurasemos.
La Familia esperaba mirando através de la alambrada, sus rostros cabizbajos, con ojeras y lagrimas que no dejaban de caer. Madre había querido deducir del pago el seguro de escape, pero yo la convencí de no hacerlo, así que eso fue lo primero que Julio le aseguro a la esposa al acercárseles, como para tranquilizar la cosa. Después, y con un tono que debía de saberse de memoria, les dió el discursito:
Les dijo Que una vez pasada la noche y el banquete, nuestro negocio con ellos había terminado, que eran libres de irse a donde quisieran y que la plata del pago serviría para que todos tuvieran una buena vida por muchos años por venir.
Para cerrar todo, Julio agregó: “El sacrificio de su esposo, ha servido para darles a ustedes una oportunidad. No recuerden a… No recuerden a Oscar tristemente. recuerdenlo como un padre que hizo lo que tenía que hacer por su familia”.
Escuchándolo, yo sé que en esa pausa casi se le escapa el apodo al mencionarlo, yo sé que casi dice “Motita” en lugar de Oscar… pero por alguna razón no puedo culparlo.

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