Una Posta.

Hay una hoja de papel en blanco.
Detrás de ella esta el escritor. con los hombros en tensión, el lápiz a medio masticar jugueteando en la boca, lo ojos clavados en la hoja como si no existiera otro objeto en el mundo.
Él También esta en blanco.
Atrás han quedado los cuentos de su “Libro de los mil días y un día”; con sus rufianes mágicos, sus orillemos fantasmas, con su tango voluptuoso y compartido que solo los iniciados pueden escuchar.
Atrás queda su novela “El coleccionista de atardeceres” ganadora de cierto prestigio vulgar por Best Seller; una historia coral encapsulada en dos atardeceres con 25 años de diferencia el uno con el otro.
Atrás las ideas que no puede llevar a cabo; como ese policial de enigma donde el perpetrador, el detective y el narrador son la misma persona y un lector atento seria capaz de descifrar desde la primer página, o esa novela Bizantina donde los personajes solo sueñan que viajan desde la comodidad del estudio londinense, o tal vez esa biografía de un santo que en realidad encubre que es un demonio, solo para encubrir que es hombre, solo para encubrir que es nada…
Ahora solo hay vacío, vacío que lo llena de ansiedad y que hay que llenar de algún modo para que haya una historia, vacío que pretende conjurar escribiendo lo primero que se le viene a la mente, sin pensarlo, sin ni siquiera mirar, dando rienda suelta al lápiz y su rasgeo en la página, apenas dos oraciones resultan pero deben de ser suficientes para empezar:
“Hay una hoja de papel en blanco.
Detrás de ella esta el escritor. con los hombros en tensión…”

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Un día perfecto.

Sabía que en el universo no pueden existir dos circunstancias exactamente iguales sin que alguna de ellas quede anulada. La vasta materia que compone nuestra realidad se niega a combinarse dos veces del mismo modo pues la repetición indicaría una falla en la inventiva de la mente divina.

De modo análogo, Razono que, siendo los sueños y las historias (que, en algún punto son la misma cosa) simplemente otros planos de las circunstancias que nos rodean, cualquier detalle, soñado, imaginado y pasado al papel con suficiencia, bastaba para que el mismo fuera borrado.
Teniendo esto en cuenta, acometió la tarea de crearse el Día Perfecto, escribiendo meticulosamente cada detalle desagradable para así, obliterarlo de la maquinaria vital que lo rodeaba; agotaba las variaciones mas mundanas, así como las mas descabelladas, con la esperanza de así borrar los caminos que podrían haber sido.
De este modo, los llamados (a media mañana, entrada la tarde y a la noche misma) de su madre; quedaban fuera de la ecuación del Día Perfecto, así como también quedaban fuera; el encontrarse con su Ex en el ascensor, el llegar tarde y tener que correr al 12 para tomarlo a tiempo, la lluvia de otoño que te deja mas pegajoso que mojado, la llegada del jefe que siempre lo mira con la superioridad de los idiotas; y así, y así, hasta llenar decenas de cuadernos, cientos, tal vez miles, apilados por toda su casa, como torres de papel, cada uno con la minuciosa descripción de aquello que no debía suceder.
Años tardó en conjurar su día perfecto. Años de noches en vela y días completos dedicados a esa alquimia dedicada a borrar lo que aún no había sucedido. Años en los cuales su voluntad nunca flaqueo pues su objetivo eran el éxito, el amor y la felicidad al fin.
Por fin, un día, que había llegado el momento de conjurar su “Dia perfecto”, tomo su cuaderno, agrego las palabras finales y se dispuso a cruzar la puerta de calle; mas, de repente, recordó una última figura, un ultimo signo que agregar a la casi infinita ecuación de la nada y sin pensarlo tomo al azar uno de los cuadernos que mas a la mano le quedaban; sacándolo con fuerza de su lugar y provocando la caída de todos los otros cual avalancha de hojas y cartón.
Ahora, atrapado bajo el peso de lo que ya no va a suceder; sonríe pensando en como pudo obviar esa posibilidad al tiempo que detrás de esa puerta, el día perfecto ya esta pasando sin que al destino le importe mucho que él esté o no.

Telepatía.

Había olvidado tanto el sonido de su voz, que cuando la escucho diciendo “Buenos días” le sonó mecánica y pastosa, como si antes de salir pasara por un tamiz de acero.

Por supuesto, con la tormenta y la subsiguiente caída de antenas, la telepatía había sido cancelada en el pueblo; así que no podía ser el único que pasara por algo similar.
“Buenos días”, replico ella y su voz no sonó tan ajena como la propia.
¿Cuando había sido la última vez que la había escuchado? Se preguntó; La fiesta de Susana, claro, con todas esas personas con distintos prestadores que se superponían, había sido mas fácil usar las cuerdas vocales que retransmitir un solo pensamiento por mas simple que fuera, aún así, hubo un par de invitados que se habían quedado al margen sin saber como articular lo que pasaba por sus cabeza.
“¿Vas a tomar jugo o…?” Pregunto ella y, todavía sorprendido, él solo atinó a mirarla, con el mundo que parecía detenido en aquella cocina con la pava silbando su hervor y las tostadas morenas pero no quemadas.

Finalmente; contestó un Farragoso “No” y ante el asentimiento de ella, procedió a revolver el café que lo esperaba en la cabecera de la cocina mientras la miraba medio de reojo.
Se movía como siempre, con la atención puesta sobre mil cosas que iban desde la cocina, pasaban por mirar la agenda y garabatear algo en ella y, de cuando en vez, mirarlo a él como quien mira algo para asegurarse que sigue ahí.

¿Qué estaba pasando por su cabeza? ¿Cuáles eran sus pensamientos en cada momento que pasaba? ¿Por qué estaba siendo tan buena con él después de las peleas del ultimo tiempo…?

Y entonces le llegó. Como tapado por ruido blanco. Un resto de las antenas como ese que te queda cuando tenes una sola Barrita en el celular…
“…eneno para ratas…”

Y por un momento le pareció ver que ella detenía un segundo su trajin de todos los días en la cocina. Pero fue solamente un momento, e inmediatamente ella le dedico una sonrisa tan franca y abierta que desarmó todas sus dudas…
Tal vez lo había perdonado, tal vez no saber exactamente que pensaba cada uno ayudaría a calmar las cosas, tal vez el pensamiento ni siquiera era de ella, o se refería a las ratas que habían hecho sitio en el sotano de la casa…
Si, tal vez.

Pero por si las dudas sigue revolviendo su café esperando que llegue la hora y pueda irse al trabajo sin tener que tomarlo.

Un prologo.

Las aventuras de Simón el corsario.

De Juan Carpentier.

Que una novela de aventura, que una novela dedicada a la pureza de la peripecia por sobre cuestiones de índole psicológicas, meteóricas o hasta de índole filosófico/metafísicas pueda existir el día de hoy es una felicidad y a la vez motivo de una necesaria disquisición sobre el estado de la narrativa actual.
Hijo acaso bastardo (por el tiempo en donde se mueve, no por su unidad temática y de acción) Del Salgari mas desaforado o del Stevenson del agua, los tesoros y los granujas queribles, Simón el corsario narra las aventuras del personaje del titulo durante un periodo de vida que va desde los tempranos doce años donde lo conocemos como polizón y luego grumete de un barco bajo la tiránicas ordenes del Capitán Marechal, corsario al servicio de la España del siglo de oro; hasta bien entrados los cincuenta años donde, desde su refugio en una Isla del Caribe sin nombre, se encuentra ya con la suerte de hombre sin nación ni bandera plenamente aceptada.
En el medio; la catarata de historias, unas veces cortas como anécdotas, otras largas como novelas cortas, que componen el cuerpo del texto nos llevaran de la mano desde peleas con el olor del acohol en puertos sin nombres, batallas navales con las posibilidades siempre en contra y el descubrimiento de isla paradisicas que solo resultan trampas maléficas para Simón y los suyos.
Así, en medio de un siglo que decreto (inconcientemente, como los únicos decretos verdaderos pueden ser) la muerte de la novela de peripecias en favor de la llamada “novela de caracteres” (una mala traducción del Character sajón) o mejor dicho la “Novela psicológica”, novelas donde los actos están signados por el personaje o son númenes de este, es una bocanada de aire fresco ver una novela donde los personajes se presentan como requeridos por la trama y nada mas.
Así, jamás nos preguntamos que sucede con el Dr. Manguer cuando este no aparece en una historia ni perdemos el sueño por Marguerite, la cortesana, cuando no esta a mano.
De este modo, cada historia se resulta en un Mecanismo de relojería ajustado a los engranajes necesarios, ni mas, ni menos que eso; dando pasos a historias memorables: como por ejemplo; la historia del Fantasma del amotinado, una suerte de homenaje a Lovecraft que se resuelve por medios enteramente lógicos que no esotéricos; o Los siete días de tormenta, un cuento narrado a pura fuerza de la tensión que genera tener enteradas a los personjes en un espacio cerrado con la suerte incierta debido a elementos sobre los cuales no hay controles.
Es, sin embargo La historia “La marca de las palabras” la historia que sirve de puntal y expresión idiologica máxima del libro en su totalidad; en ella asistimos a la historia del hijo bastardo de un noble italiano y una prostituta que termina siendo dado al cuidado de un abate en una Iglesia derruida; encerrado en las proverbiales cuatro paredes, nuestro joven protagonista sin nombre crece con el ansia de la aventura y la libertad marcada en la sangre y que exacerba todo marino, caballero u extranjero que pise la abadia; tanto es así que llegados los once años decide huir de la iglesia y probar suerte en la mar. Es entonces cuando la historia queda trunca y nos damos cuenta que lo que estamos leyendo, en lugar de ser la historia de origen de Simón, es en realidad una treta “a lo sherezade” para comprarle tiempo frente al hacha de un verdugo. La lapida sobre cualquier elucubración sobre este posible origen se da cuando, ya a salvo, se levpregunta a Simón si esta es su historia a lo que el solo atina a responder “importa?”.
Y lo cierto es que no, lo cierto es que Simón es un personaje sin pasado pero dueño de un presente imediato que existe solo para regalarnos la sensación del salitre en la piel y el viento en los cabellos.
Por supuesto los críticos, tan acostumbrados a la modernidad que cómodamente se han construido, denostaran la novela por inconsecuente o pasatista, pero eso ya no nos importa pues sabemos que Los críticos jamás se subirían a un barco pata empezar.

Banquete.

Basta el mas minimo gesto de la mano para que el mozo se acerque dando pequeños pasos que le permiten moverse por el restaurante como una sombra, sin tocar ni molestar a ninguno de los comensales.
Sobre la mesa, la carta, con fuente manuscrita y con gran cantidad de florituras como corresponde al lugar y a su categoría, esta dividida en diferentes columnas, cada una señalando el manjar y el precio a pagar por el mismo.
Por supuesto, en estas circunstancias el precio no es problema, y el simplemente roza la sección de vinos para detener su dedo en un Navarro Correa cosecha ´76, con una languidez y una indiferencia que parece haber sido practicada.
Asintiendo efusivamente, el mozo anota el pedido en la libreta y luego, en un gesto casi imperceptible, ladea la cabeza esperando el resto de la orden.
No es tan fácil como parece, la elección del vino condiciona la elección del plato principal, así que habiéndose prohibido por motu propio las carnes blancas y el pescado, solo le quedan las pastas y las piezas asadas o al horno como elección posible.
Pesceto al horno, Vacio a la Parrilla, Sorrentinos de verduras, Chorizo a la pomarola, vé todas las posibilidades buscando esa elección especial, esa que lo llame como ninguna otra y la encuentra en la sección de parrilla.
Tira de asado con guarnición de papas fritas.
Satisfecho pues acaba de encontrar el plato ideal, se lo señala al mozo quien le sonríe y, acompañado con un: “excelente elección señor” como respuesta, se aleja con el mismo tranco chiquito e imperceptible a la parrilla ubicada detrás del vidrio y sobre el fondo del restaurante.
Ahora solo le queda esperar, y él lo hace mirando a su alrededor; viendo como los platos van pasando cerca de él: Pasta con salsa roja a su derecha; salmón asado con limon unas mesas mas atrás y el matambre a la pizza que ahora pasa frente suyo.
No sabe cuanto tiempo esta así, buscando, observando, deseando cada plato; No, deseando todos los platos que se le acercan para si mismo.
Por fin, el roce del mozo lo saca del trance. Frente a él, el vino, la guarnición y la carne lo esperan y el responde poniéndose la servilleta sobre el regazo y asintiéndole satisfecho al mozo.
Y ahora si, el momento de la verdad, el momento que ha esperado desde que se sentó en la mesa; el momento que empieza cortando la tira justo en el medio, viendo como la carne todavía rosada se abre, se separa y chorrea su leve jugo mezclado con la cantidad exacta de grasa que se pega y se resbala por los cubiertos. El momento donde levanta el bocado con lentitud, casi en camara lenta, listo para por fin rozar los labios y entrar en la boca en lo que será una explosión de sabor que…

Beep- Beep- Beep.

[El ruido del intercomunicador lo despierta indicando que el amo ya se ha despertado y que espera su desayuno en 10 minutos.
Por un momento, solo por un momento, mueve sus dedos metálicos hasta el hueco que le hace las veces de boca y casi le parece captar una estela, leve y volátil. Como si un mínimo rastro del gusto se pudiera alojar allí, entre los cerborotores y el parlante para hablar, y realmente pudiera hacer que sienta lo que es degustar una comida.
Pero entonces recuerda que las papilas gustativas artificiales no son parte de su modelo y, como todas las mañanas, se dedica a hacer el desayuno del amo.]

Ghost writers.

Cuando se quedaron sin historias que contar, cuando toda novela había sido leída, todo cuento escrito y toda anécdota ya contada; los hombres se volvieron locos por volver a encontrar su camino a la ficción.

Habiendo agotado los métodos científicos y tecnológicos la respuesta resultó mas esotérica de lo que esperaban.
Sabiendo que todo fantasma es un recuerdo que no se va, una historia inconcluso, un cuento sin final a la vista; los hombres teorizaron que solohabría que atraparlos y apresarlos adentro de una nueva ficción para tener una fuente inagotable de experiencias a las que acceder.
Al contrario de lo que creyeron en un principio, en ningún momento tuvieron que apelar a medios mágicos para atrapar a los espíritu; bastaba con poner algunas frases de “carnada” y el espectro se impregnaba en la páginas casi de inmediato.
Por supuesto, esto es simplemente el incio del trabajo de los escritores; bien llamados “Ghost writers”, son los encargados a la vez, de mantener encerrados a los espectros y de encontrarles una nueva historia que protagonizar; labor que resulta ardua y compleja.
Afortunadamente y como en todo trabajo de escritura, existen trucos para hacerlos moverse; darles nuevos rumbos con un viaje, conseguirles una ascenso en el trabajo o hacerlos pelear con la familia han probado ser todas formas efectivas de “agitar” las cosas.
Sin embargo, es darles una historia de amor, la mejor de las formas de hacer que un espectro “actúe”. Basta un interés amoroso que se acerque a ellos para que estén inmediatamente dispuestos a viajar, a dejarse ir y hasta a olvidarse de su realidad con tal de conseguir que alguien este con ellos.
Eso no quita que haya fantasmas huraños que se niegan a cooperar; que no se dignen a hacer avanzar la historia. Algunos creen que en venganza por haber sido encerrados, otros que sus vidas ya de por si no son tan interesantes para empezar; sin embargo los más, han postulado que, habiendo tenido ya una historia de amor en vida, no hay palabras posibles para replicar el sentimiento; las nauseas, el nerviosismo y la alegría que el amor verdadero conlleva, Hoscos y taciturnos, permanecen (Y permanecerán) quietos, con la sola idea de preservar su historia de palabras que nunca jamás podrán hacerle justicia.

Un castigo.

En la víspera de los bombardeos de Londres, el “Grand hotel Wanderer”, sabiendo su eminente destino de ruina; rompió el pacto cardinal que todos los edificios habían aceptado tácitamente desde el principio de la historia y escapo con destino a Sudamérica.

El juicio tuvo que esperar al fin de la gran guerra para poder llevarse a cabo.
Eligiendo el desierto como campo neutral; El concilio de los techos, sopeso pruebas, llamo testimonios y podero argumentos.
No había duda, el Wanderer había actuado cobardemente, pero la destrucción iba en contra de toda regla del concilio; sin poder encontrar precedente que los guiase, el concilio opto por la justicia poética.
Así, condenado a “saltar” de ciudad en ciudad cada día de su existencia, sin anclarse en ninguna, existiendo pero sin ser parte. El castigo parece ejemplar: El Wanderer es hoy menos edificio que leyenda y menos leyenda que nada.