Un castigo.

En la víspera de los bombardeos de Londres, el “Grand hotel Wanderer”, sabiendo su eminente destino de ruina; rompió el pacto cardinal que todos los edificios habían aceptado tácitamente desde el principio de la historia y escapo con destino a Sudamérica.

El juicio tuvo que esperar al fin de la gran guerra para poder llevarse a cabo.
Eligiendo el desierto como campo neutral; El concilio de los techos, sopeso pruebas, llamo testimonios y podero argumentos.
No había duda, el Wanderer había actuado cobardemente, pero la destrucción iba en contra de toda regla del concilio; sin poder encontrar precedente que los guiase, el concilio opto por la justicia poética.
Así, condenado a “saltar” de ciudad en ciudad cada día de su existencia, sin anclarse en ninguna, existiendo pero sin ser parte. El castigo parece ejemplar: El Wanderer es hoy menos edificio que leyenda y menos leyenda que nada.

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