Banquete.

Basta el mas minimo gesto de la mano para que el mozo se acerque dando pequeños pasos que le permiten moverse por el restaurante como una sombra, sin tocar ni molestar a ninguno de los comensales.
Sobre la mesa, la carta, con fuente manuscrita y con gran cantidad de florituras como corresponde al lugar y a su categoría, esta dividida en diferentes columnas, cada una señalando el manjar y el precio a pagar por el mismo.
Por supuesto, en estas circunstancias el precio no es problema, y el simplemente roza la sección de vinos para detener su dedo en un Navarro Correa cosecha ´76, con una languidez y una indiferencia que parece haber sido practicada.
Asintiendo efusivamente, el mozo anota el pedido en la libreta y luego, en un gesto casi imperceptible, ladea la cabeza esperando el resto de la orden.
No es tan fácil como parece, la elección del vino condiciona la elección del plato principal, así que habiéndose prohibido por motu propio las carnes blancas y el pescado, solo le quedan las pastas y las piezas asadas o al horno como elección posible.
Pesceto al horno, Vacio a la Parrilla, Sorrentinos de verduras, Chorizo a la pomarola, vé todas las posibilidades buscando esa elección especial, esa que lo llame como ninguna otra y la encuentra en la sección de parrilla.
Tira de asado con guarnición de papas fritas.
Satisfecho pues acaba de encontrar el plato ideal, se lo señala al mozo quien le sonríe y, acompañado con un: “excelente elección señor” como respuesta, se aleja con el mismo tranco chiquito e imperceptible a la parrilla ubicada detrás del vidrio y sobre el fondo del restaurante.
Ahora solo le queda esperar, y él lo hace mirando a su alrededor; viendo como los platos van pasando cerca de él: Pasta con salsa roja a su derecha; salmón asado con limon unas mesas mas atrás y el matambre a la pizza que ahora pasa frente suyo.
No sabe cuanto tiempo esta así, buscando, observando, deseando cada plato; No, deseando todos los platos que se le acercan para si mismo.
Por fin, el roce del mozo lo saca del trance. Frente a él, el vino, la guarnición y la carne lo esperan y el responde poniéndose la servilleta sobre el regazo y asintiéndole satisfecho al mozo.
Y ahora si, el momento de la verdad, el momento que ha esperado desde que se sentó en la mesa; el momento que empieza cortando la tira justo en el medio, viendo como la carne todavía rosada se abre, se separa y chorrea su leve jugo mezclado con la cantidad exacta de grasa que se pega y se resbala por los cubiertos. El momento donde levanta el bocado con lentitud, casi en camara lenta, listo para por fin rozar los labios y entrar en la boca en lo que será una explosión de sabor que…

Beep- Beep- Beep.

[El ruido del intercomunicador lo despierta indicando que el amo ya se ha despertado y que espera su desayuno en 10 minutos.
Por un momento, solo por un momento, mueve sus dedos metálicos hasta el hueco que le hace las veces de boca y casi le parece captar una estela, leve y volátil. Como si un mínimo rastro del gusto se pudiera alojar allí, entre los cerborotores y el parlante para hablar, y realmente pudiera hacer que sienta lo que es degustar una comida.
Pero entonces recuerda que las papilas gustativas artificiales no son parte de su modelo y, como todas las mañanas, se dedica a hacer el desayuno del amo.]

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s