La Conjura.

Quieto. la respiración acompasada bajando por los pulmones hasta el diafragma, los ojos cerrados, y el oído atento… nada, salvo el tica tac del reloj y el leve movimiento de las cortinas golpeando de a ratos contra el mosquitero.
Unos minutos mas y estará lo suficientemente calmado, unos minutos mas y solo entonces podra siquiera contemplar la idea de una huida.
Era imposible, pero habían pasado apenas unos tres días desde el inicio de la conjura, tres días había tardado en entender, tres días en los que lo inaudito se había hecho realidad, sin dejar lugar a dudas.
Inocentemente, la primera pista le llego con uno de sus libros favoritos; Borges, Obras completas, Volumen Uno, pagina seicientos y algo a la altura de “El milagro secreto”, apenas terminó un parrafo y cerro el libro una de las hojas se cebó en su dedo anular producieendole una cortada de unos centimetros. Como en todos los casos, la cortada primer permanecio limpida, como si la carne tardase en darse cuenta de estar separada, pero luego comenzo a sangrar profusamente.
Un accidente aislado, un incordio, si, pero nada mas que eso, facilmente solucionable con un poco de algodon y una curita.
El incidente de la tachuela ya fue mas molesto, viniendo del trabajo, plena Rivadavia a la altura del parque, el dolor, mas por lo inesperado que por el pinchazo en si, y la suela del zapato atravesada de lado a lado hasta el punto de llegar al pie, a la carne y lacerarlo. Por un momento sintió mas que sus Nike Air estuvieran arruinadas que otra cosa, pero basto que tuviera que renguear todo el camino hasta la entrada al subte para cambiar de opinión.
Ahí fue cuando ocurrió, la prueba final de la conjura de los objetos para eliminarlo; esta vez en la forma de su corbata atorandose con las puertas de los nuevos y limonosos vagones y casi ahorcandolo en el arranque… afortunadamente pudo quitarsela a tiempo mas si hubiera llevado la corbata solo un poco mas ceñida no hubiera contado el cuento.
Por supuesto, trato de no creerlo. “Debo de estar loco” se dijo no muy convencido, pero los dos días siguientes las cosas empeoraron; todos los elementos de su casa, minusculos y de los otros, intentaron dañarlo de cualquier forma posible; Una valija cargada de herramientas cayó a centimetros de su cabeza y rompó las baldosas donde habia impactado, una lampara indecisa que precisaba recambio le dió una patada de unos cuantos miles de voltios que lo mando al otro lado de la habitación, hasta el lampazo de la casa tuvo su oportunidad cuando se le enredó entre los pies y lo tiró al suelo esquivando la esquina de la mesada por pocos milimetros.
Aterrado, y ahora por fin convencido de lo que sucedía, interrogó a la nada la razón del encono, pero por supuesto no tuvo respuesta.
Desesperado, resolvió irse, cambiar de casa, de trabajo, de todo. Tal vez los nuevos objetos no tuvieran esta ira, este odio acumulado e inexplicable en su contra.
Por eso ahora esta quieto, calmandose, acumulando coraje y fuerzas, son apenas una docena de pasos hasta la puerta… unos trancos nomas.
Rogando casi religiosamente, da el primer paso rumbo a la salida, debajo de sus pies, el parqué cruje y detrás de él, algo se suelta…

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