El juego de los asientos.

Sin duda alguna todos hemos jugado, cuando menos una vez, al juego de los asientos en los colectivos de cualquier distancia y línea.
Variante involuntaria y expansiva del infantil juego de las sillas, el estudio cuidadoso y consecuente del mismo revela sutilezas y realidades que sobrepasan largamente a las que se presentan en aquel.
A saber.
El juego en cuestión tiene solo una regla inquebrantable que es, a la vez, núcleo y organización del mismo: la regla, puesta simplemente es la siguiente: cuando hay un asiento vacío el jugador avezado debe sentarse en el.
Así de simple, así de complicado, pues se pueden percibir, al menos , unas tres estimaciones diferentes y necesarias a la hora de jugar el mismo.
1. De Los jugadores. Aunque no parezca, al igual que en otros tipos de juegos o, incluso, deportes, existen distintos tipos de jugadores en el juego de los asientos. Podemos nombrar entre varios tipos; el velocista: designación con la que nombramos a aquel jugador que, atento a todo el perímetro de juego (el colectivo) confía en su velocidad y agilidad para moverse entre lis otros pasajeros y ganar el tan preciado asiento. El galante: hablamos aquí de ese raro jugador que espera que el resto de los pasajeros este sentado para recién buscar el propio lugar. El cansado: llamado asi y facil de reconocer por su rostro enjuto y ademanes lentos y agotado (probablemente de la faena laboral), este jugador muchas veces rinde su busqueda del tan preciado asiento improvisando uno en el resquicio de la zona de la puerta o, mismo en los escalones de la bajada. El pescador: probablemente el mas conocido dentro de la tipología de los jugadores, este participante en particular se “engancha” a un asiento permaneciendo en las cercanías y esperando que el mismo sea abandonado por su dueño de ese momento apostando, de algún modo, a que aquel se desocupara mas pronto que tarde y arriesgandose, desde el principio, a tratar con un inquilino inlevantable que lo obligara a permanecer todo el viaje parado.
2. De los asientos. Aun ante la inexistencia de una tabla de valores externa y visible, existe una percepción social compartida, una suerte de Gestaalt de viaje, que nos previene sobre el hecho de que no todos los asientos permisibles de ser ganados tienen el mismo valor.
El jugador novato no tardara en notar la diferencia evidente entre los asientos individuales y los asientos de a dos, siendo, los primeros, en la mayoría de las circunstancias * (ver tercera parte) mas valiosos que los segundos por la virtud de no ponernos en contacto con otra humanidad de la cual ignoramos, ideología, historia y, sobre todo, aseo personal. Así mismo, e incluso dentro de estos asientos de segunda ganar el de la ventana resulta una pequeña victoria proporcionando una corriente de frescura en los bochornosos días de verano y una solución al tedio en los fríos días del invierno.
Los asientos undividuales son, en general, el gran premio del juego.
Dos aclaraciones deben de hacerse, sin embargo, con respecto a los mismos. La primera, de orden ético, estos son los primeros asientos que deben ser cedidos ante embarazadas, ancianos y discapacitados por lo cual hay que tener en cuenta esto a la hora de ganar uno (y ser in jugador de bien y no uno de esos canallas que pretenden estar dormido para salirse con la suya).
La segunda, de orden practico, en todo colectivo uno de estos asientos esta justo sobre los ejes y ruedas del colectivo en cuestión haciendo el viaje para quien este en el mismo un conjunto de sobresaltos, subas y bajadas que impedirán el equilibrio y, de ser necesario, hasta el sueño del jugador.
Del asiento doble que da al pasillo es mejor ni hablar.
3. De la compañía. Probablemente la caracterización que trastoca todo el modo de ver el juego. Los objetivos y razones del mismo suelen variar bastamente según la compañía que tengamos en el momento de subir al colectivo… O aquella que queramos tener.
Así, un jugador del tipo velocista puede no hacer uso de sus habilidades si, por ejemplo, viajando con un sobrinito debe de sacrificar su propia comodidad en favor de otorgar este asiento a su pariente que, y esto es lo mas probable, lo dejará de lado en un santiamén, pues los niños no son ejemplo alguno de constancia a la hora de quedarse quietos. Así mismo, una bendición disfrazada puede resultar el asiento entre un conjunto de amigos pues el desdichado ganador de la banca se hará receptor de mochilas, carteras y demás accesorios que el resto traiga consigo.
Sin embargo. Nada cambia de modo mas drástico las reglas del juego de los asientos como la prescencia de una mujer hermosa (como todas las mujeres) en determinado lugar del campo de juego. Dejando de lado las usuales caballerosidades de otorgar el asiento en caso de tener la oportunidad, esta circunstancia es la única que rompe la regla cabal de la “indeseabilidad” de los dobles asientos. Así, un asiento libre cerca de la dama en cuestión, esta preñado de posibilidades para un romance en potencia. Tal vez se encuentre leyendo un libro del cual podemos dar una opinión, tal vez un leve roce subiré una disculpado la posibilidad de escuchar su voz, obeso vez, si tenemos mucha suerte, nos pregunte sobre el recorrido y nos permita iniciar la tan ansiada conversación.
Sobre esta ultima reflexión, podemos mencionar la leyenda que indica que existe una determinada progresión de cambios que, en el orden adecuado, tienen el mágico poder de conceder el amor eterno o la soledad sostenida.
Aun descreyendo de la serie, Creo haber tenido la desgracia de entreverla en un fatídico viaje a Constitución cuando vislumbre una belleza de anteojos culo de botella y semblante pecoso y soñador. Por supuesto, durante la hora que siguió procure “escalar”, asiento por asiento, mi cercanía a ella. Sin prisa, pero sin pausa, espere que el asiento doble a su lado se liberase; esperanzado, atento, viendo como el anciano a su lado se preparaba a hacer su retirada, de repente un fulgor inhumano lleno mis ojos por solo una fracción de segundo y cuando volví a abrirlos la bella estaba sentado al lado de un Rugbier que parecia salido de una publicidad de Shampoo.

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Extra.

…los altavoces avisan que solamente faltan tres paradas para la combinación pero el subte parece quieto. Frente a mi hay una chica parada; con el vestido hippie y las cadenas esas hechas a mano que casi no dejan que se le vea el cuello. El pobre viejito que pasa con la muleta dejando unos cuadernillos de Mafalda y unas lapiceras que te duran media hora. La costumbre, el tedio y yo que le prometi a Anna que la cubria en el deposito pero si la cosa sigue asi seguro que Marcos me pone en capilla y me quita las horas extras y ahi SI que ni en pedo llego a fin de mes. En la mente repaso las cuentas y me se que es enpedo que le intente explicar a Ines que solamente busca una excusa para que no pueda ver mas a los chicos y entonces la chica pasa corriendo como una tromba; su cabello rojo fuego y los ojos verdes que te taladran, la sigue un poco mas lentamente un hombre de campera de cuero, sin importarle la gente, pisa y empuja y hombrea y en su camino casi que me tira a la Hippie que pierde el equilibrio y tira su bolso desparramando sus cosas.
Me apuro a intentar ayudarla pero allá adelante alguien grita algo que no entiendo y…

CLACK.

… ahora estoy en una fila. Un banco. Adelante mío un joven de veintipocos se acomoda los auriculares gigantes, de esos que salen un sueldo y se conectan al celular vía wi fi o bluetooth, mientras con el pie golpea levemente e piso marcando el ritmo. Detrás de mi una viejita organiza como ochocientos millones de cosas para pagar y me alegro haber llegado antes que ella. Igualmente la fila no se mueve, para nada, y yo espero que en algun momento surja esa solidaridad tan tipica de compartir una hora de cola con extraños y que alguien diga algo, pero nada, allá en la otra cola algunos parecen hablar por lo bajo pero no llego a escucharlos delante mio como si repitiera un ritual El chico acomoda de nuevo sus auriculares y la viejita revisa sus papeles por enésima vez. Olvidadizo, yo también busco
mis papeles para pagar, probablemente sean los servicios del depto de Anna y los chicos y que Dios me ayude si pago esos a deshora, pero me asusto al ver que mi bolso solo tiene papeles en blanco y rellenos de cartón. Desapegado estoy por salir de la cola cuando algo suena atrás mío; como cuando se quiebra un cajón de manzanas y después hay otro y otro y nos agachamos instintivamente solo para ver como un grupo de personas entra en el banco; mascaras y pistolas nos gritan que nos quedemos en el molde y que nadie va a salir lastimado si nos quedamos mirando el suelo, pero yo no puedo evitarlo y levanto un poco la vista solo para ver como una cascada rojiza cae por la espalda de uno de los ladrones, no llego a verle los ojotes verdes porque…

CLACK.

… estoy sentado adelante de una mesita de madera. Un bar. Distraídamente miro al reloj de la pared superior. Siete de la tarde y todavia no pase a buscar a los chicos! Anna me va a decapitar. Tratando de no parecer agitado tomo ente mis manos La taza de café para darle un trago pero descubro que esta vacía, que siempre lo estuvo, que nunca hubo café en ella. Tratando de poner las cosas en orden miro a mi alrededor y entonces me doy cuenta que como en el subte, como en el banco, la gente no habla sino que mueve los labios sin emitir sonido alguno. desesperado trato de levantador y salir de ese ligar pero algo me pega a la silla. Como una maldición.
Entonces la veo.
A solo dos mesas de distancia. La chica de pelo rojizo. Delante de ella el urso que la perseguía por el subte. A ellos si se los escucha. La chica dice que es la ultima vez, el urso replica que de esas no se sale, la chica solloza fingidamente, esconde la cabeza entre los hombros y la mesa mientras su mano se mete lentamente en su bolso y en un solo movimiento saca un pequeña pistola con la cual abre un agujero en el cráneo que suena a una sopapa que a un disparo.
Trato de gritar pero…

CLACK.

El director hace sonar la claqueta con fuerza, como siempre hace cuandola escena ha terminado.
Pedro Damián se estira alargando el gesto teatralmente con las manos. A unos pasos el asistente se acerca y felicita Danielle por el llanto fingido. Dice que va a quedar hermoso con no se que filtro que tienen. Frente a ella, Garmendia levanta la cabeza, la sangre falsa cubriendo media cara se ríe mientras el equipo de FX le empieza a quitar el maquillaje.
Desde el otro lado empiezan a llamarlos. Empezando por la A, no van a tardar mucho en llegar la D así que se queda sentado en la silla y cuenta: una película, tres bolos sin dialogo, 500 pesos. “Podría ser peor” se dice mientras por un segundo y sin saber porque piensa en una ex esposa y unos hijos que no tiene.

La Sociedad de perdedores de libros.

Cuando saque del bolso aquel ejemplar del Fausto de Cátedra que habia buscado durante semanas, el improbable (o increible) hallazgo, ahora encontrado entre los resquicios del asiento de mi ultimo tren del día; mi amigo Martin Martín Prestía no tardo en notar que toda la situación parecía ser obra de “La sociedad de perdedores de libros”, sociedad que, no pudo creer, yo desconocía por completo.
Armado entonces con la vergüenza de asistir a la Facultad de Letras de Buenos Aires y nunca haber oído de semejante concilio, dedique las siguientes semanas a trazar una genealogía de esta sociedad. Buscando así, en conversaciones del bar del subsuelo, señas de los profesores e, increíblemente, una sección de la propia Facultad malamente conservada por la húmedas y la dejadez, logre hacerme, si bien no con la historia, si el menos con una idea de la exégesis y los alcances de la misma.
Formada por un grupo de díscolos lectores de literatura Fantástica y Filosofía que solían reunirse en la parte trasera del Bar “La academia”, la sociedad completa estaba basada en la perversión de una verdad de perogrullo; si “Todo libro encuentra su lector”, esta aseveracion sometida a su exasperación universal nos dice que básicamente basta con lanzar un libro al mundo y este, cual mensaje de naufrago, encontraría a la persona que mas lo necesitase en el momento cuando mas lo necesitase.
En eso creyeron, y a eso se abocaron mas no sin antes promover una cierta cantidad de reglas al respecto.
En primer lugar el libro en cuestión debe de ser verdaderamente perdido, nada de esos torpes descuidos planificados u omisiones ya pensadas, no, el libro debía desaparecer de la órbita del dueño por volición del Propio azar… Lo cual no significaba que no se pidiera ayudar levemente a la suerte usando mochilas con cierres dudosos o bolsos con fondos poco confiables, que, se sabe: habían costado a mas de uno de los lectores tanto llaves como otros menesteres antes de efectivamente perder el mentado libro.
La segunda de las reglas postulaba que el libro a perder debía de significar algo para el dueño, este prurito era lógico a la luz de la creencia de que solo podemos perder algo realmente si alguna vez fue verdaderamente nuestro, y la única forma de poseer un libro es leerlo, pensarlo, rumiarlo, cuestionarlo, odiarlo, llorarle encima, entenderlo, desentenderlo, mantenerlo en la mente y en la menoría como a un ser querido.
La tercera regla era mas bien una lista de buenos lugares para intentar la perdida. Bares de la periferia donde el café con leche no de llama Latte, trenes y colectivos de largo recorrido, bibliotecas de silencio reverencial, bancos de escuela y hoteles de vacaciones.
La anteúltima de las reglas dictaba un esquema con el periodo de duelo adecuado a cada libro (según su cercanía, su prescencia en nuestras vidas, su valor emocional) y terminaba anunciando que, finalmente, todos los “perdedores” debían de creer firmemente que el libro habría de encontrar su lugar adecuado.
La ultima de las reglas se enunciaba como un oximoron, como si de algún modo borrara las anteriores mas era, sin embargo, de alguna manera adecuada a los propósitos estrambóticos de la sociedad; “Conviene que salvo un pequeño grupo de individuos, los demás socios desconozcan por completo su pertenencia al grupo”decía “La Magia que intentamos invocar se hace imposible cuando el procedimiento es explicado. El dolor de la perdida, el duelo y finalmente, la aceptación deben de ser verdaderos y la verdad muchas veces trabaja mejor desde la ignorancia…”
Sentencia, a todas luces correcta, y razón por la cual lamente saber la existencia de la sociedad cuando mi ejemplar del Aleph de la colección de clásicos Clarín escapo de ni bolso en algún lugar entre constitución y Alejandro Korn.

Un servicio.

Es sabido; Todo hombre con una historia para contar tiene al menos una que quisiera olvidar.
Y, también se sabe que esa es la historia es la que habrá de teñir de oscuridad y dolor su vida.
Así que, vaso de ginebra o de vino, de por medio, conversando con alguien en el bar, el rostro entre triste y hecho mueca al punto del llanto, el ademán teatral del alcohol que transforma a todos en actores, la lagrimas mal contenidas tras los ojos rojos; podes ver a estos hombres tratando de desconocer, tratando de obliterar esa historia que les quito la alegría y no los deja ser.
Atentos a toda posibilidad de ejercer su oficio y vocación malsana, de esto se han dado cuenta los hechiceros. Conocedores del comercio de Almas, Intenciones y Emociones; han comenzado a ofrecer un servicio a la medida de estas personas.
Armados con su maleta de metamorfosis breves, imposibilidades posibles y maldiciones al mejor postor; el negocio del intercambio de recuerdos se ha convertido en la principal ventura de estos magos; funciona así, capaces de transmitir un recuerdo de una persona a otra, los magos cobran por sacar esa historia de la cabeza del cliente y traspasarla a la de otro desdichado de modo que, libre de la misma, el cliente pueda continuar su vida sin el peso que esa historia le supone.
Por supuesto, el servicio no es gratis pues si bien el primer ofrecimiento, entre los vapores etílicos y la amistad falsa que estos cultiva, vale apenas unas monedas, el mantener la historia fuera de si mismos pronto se transforma mas en una extorsión que en un servicio; del pagos que van subiendo mes a mes onerosamente imposibles, a cuotas que entran dentro de lo que podemos catalogar como metafísico (El primer libro de cuentos que se les ha leído, el gusto del Tiramisú, el olor de los pinos en una fría tarde de otoño), el cliente debe de aceptar la vuelta de la historia a sus sus cabezas y a su alma, o consentir con los pagos que tarde o temprano lo llevaran a otro modo de no ser.
El truco es, como siempre, que a la larga y pesar de que no hay modo de ganar con el negocio, la clientela no puede evitar la búsqueda de un alivio… cuanto mas no sea temporal.
Poco conocemos sobre lo que sucede con los infelices que reciben el recuerdo; se especula que tienen tantos pesares que uno mas no hace la diferencia y por eso ni siquiera son capaces de separar sus recuerdos de los otros.
Pero se sabe que se levantan todas las mañanas con la opresión en el pecho, la soportan y así luchan por vivir.

Corrección Politica.

Reseña del Happening “Humor” de Stanislav Lichstenkraut. (Extracto).

Antes de entrar en la instalación donde supuestamente se dará el Happening, dos espectadores se separan de la fila, discuten de modo Creciente sobre problemas que no quedan claros, hay reclamaciones, hay pasadas de factura, uno de ellos parece lagrimear, de repente el mas grande de ellos le propina una cachetada al menor quien cae sobre la mesa de catering ensuciandose la cara con pastel.
(…)
La gente comenta el asunto en la fila y todo parece terminar ahí mas una vez abiertas las puertas nos enteramos que es la primera pieza de un rompecabezas que esta destinado a hacernos reflexionar sobre el humor en el mundo que nos rodea.
Construido como una serie de cuartos que se conectan, uno detrás del otro; cada una de las estancias esta diseñada para elaborar la escena según un tipo de humor determinado; por supuesto, la primera de las instancias esta practicamente vacía y solo se ocupa de recalcar el caracter de slapstick de lo que ha sucedido, la cachetada, el pastel en la cara, no muy alejado de un sketch de “Los tres Chiflados”.
La segunda instancia, agrega mas complicaciones a la trama; en este caso, un equivoco de identidades y nacionalidades que termina mal para el chanta que trata de ser Ingles sin saber una palabra en ese idioma: en la tercera instancia, vemos a un padre y a un hijo discutiendo sobre las elecciones vitales de ambos donde el humor esta dado por el contaste que se logra entre el padre de clase baja-pobre y la misma naturaleza de la instalación y que termina resolviendose con la violencia.
Al llegar a la cuarta instancia, la gente ya es menos que en las dos previas; en esta aprendemos sobre las simpatías políticas de cada uno de los actores, el humor se mueve por la incapacidad de reconciliar datos de la realidad empirica con los preceptos de sus respectivos partidos.
El Quinto salón lidia con el tema de la religión y transforma a los participantes en un fanatico religioso y un Ateo combativo, son de tal caracter los argumentos tanto de uno, como de otro lado, que el humor queda diluído y resulta, al menos, perturbador.
Para el sexto salón, ya se pueden contar con los dedos de una mano los visitantes que quedan y es entendible, este salon se mete con la sexualidad de los personajes, acusaciones de abuso, homosexualidad y hasta de bestialidad e incesto son presupuestos por la escena y el humor es el derivado de los taboos que intenta romper la situación en su totalidad.
Existe un septimo salón, pero nadie ha llegado a él desde la apertura de la instalación.

El Almacén.

El almacén.

La Misión le había sido encargada por La Unica Mujer.
En apariencia simple, el amor deseado estaba cifrado en una rosa amarilla que marcaba la pagina 27 de “20 Poemas de amor y una canción desesperada” de una edición casi pirata que a duras penas recordaba, si lograba encontrarla y consagrarla a su dueña, la Mujer y la felicidad por fin serían suyos.
Semanas se pasó esculcando la vasta biblioteca de la casa, que parecía dilatarse con dobles filas de libros ocultos o la simple pila al costado de la cama y la mesita de luz en donde el único criterio de orden tiene que ver con el tamaño de los mismos.
Pero la búsqueda resultó en vano.
Sin que medrara duda en su objetivo, visitó amigos, conocidos y cualquier persona a la cual alguna vez le pudiese haber prestado algún libro alguna vez, recuperando joyas como una “Divina Comedia” de cátedra con anotaciones en toscano antiguo, o una edición de Moby Dick prologado por el mismísimo Costa Picazo, pero sin dar con el libro buscado.
A punto de darse por vencido, llegó hasta él la noticia de “El Almacén de las cosas perdidas”; el lugar donde va a parar todo aquello que hemos olvidado a propósito o por levedad de la memoria.
Sin sorprenderse ante la existencia de aquel lugar, No supo si lo juzgó imposible, milagroso o tal vez solo justo; simplemente supo que esa tienda revestía acaso la única posibilidad real de encontrar la Rosa Marchita.
Por supuesto, aquel espacio inaudito no estaba al alcance de todos; escondido detrás de un laberinto que abarcaba la mitad del recorrido del tren Roca, la Linea C de subtes, caminatas por Parque Chas y finalmente un tunal que bien podría haber sido un laberinto, encontró a la tienda solitaria entre medio de unos negocios cerrados años atrás.
Ni siquiera tuvo que revisar las señas que le habían dado; no podía sino ser ese lugar a medio derruir con un escaparate mugriento que solo dejaba ver la mitad de las cosas y las letras despintadas.
Ingresó en la tienda con esperanzas renovadas.
Mas grande por dentro que por fuera, lo sorprendió menos el espacio que la cantidad de gente que pululaba en su interior, como zombies, los ojos perdidos en un punto fijo de un horizonte inexistente, a veces se paraban, y hojeaban un libro, revisaban una pila de discos viejos o se sumergían entre ejemplares de “El Grafico” de Antaño, ante la mirada desdeñosa del viejo que se encontraba detrás de un mostrador tratando de arreglar un “Cerebro mágico”.
-Busco algo…- Dijo él con voz que parecía mas una suplica que una aseveración.
-¡Que novedad!- Rio el viejo entre dientes.
-Es una Rosa… un Rosa Marchita- prosiguió- Me mandó la Unica Mujer, y si la encuentro ella ha aceptado ser mía. ¿Cree usted que podría estar…?-
-Oh definitivamente. ¿En que lugar estaría sino?-
El Corazón casi le da un vuelco.
-¿Entonces sabe usted…?-
-Por supuesto que no- rio el viejo- Tal vez en otro tiempo, cuando los archivadores todavía se ocupaban de ordenar las nuevas adquisiciones, cuando la memoria de los hombres todavía daba valor a las cosas y las guardaba para la posteridad, pero actualmente… fíjese; hasta los inventarios se han perdido y ahora son tan parte del Almacén como los viejos diarios o los peluches de un niño que ha crecido…-
-¿Entonces…?
-Entonces usted se vuelve ya mismo por donde vino, o se queda buscando la Rosa que tanto quiere. No es un imposible, el almacén es vasta, pero no infinita. Ya ve usted, desde acá no le vamos a impedir nada- Agregó señalando a los zombies- Es su decisión-
Cabizbajo y derrotado, se dirigió rumbo a la puerta dispuesto a abrirla y no volver nunca más, pero en el último momento se detuvo, sopesando al fin que ser un zombie dentro del almacén, o serlo afuera por falta del amor, no hacía diferencia; resolvió quedarse en el almacén hasta encontrar la Rosa o morir en el intento.
Por supuesto, nunca la encontraría pero gracias a esa decisión y sin saberlo, él mismo se convirtió en la mas rara de las cosas que pueden malgastar los hombres; “El amor perdido”.
Así, algún día la “Unica Mujer” se daría cuenta de su sacrificio, de su tenacidad, de sus sentimientos no correspondidos y ella también lo buscaría hasta dar con el almacén o perderse en el intento.
Por lo pronto, triste, solitario, final e ignorante de su valor, se dedica a buscar aquel poemario entre las obras completas de Musil y los álbumes que le faltaban de Asterix.