El Almacén.

El almacén.

La Misión le había sido encargada por La Unica Mujer.
En apariencia simple, el amor deseado estaba cifrado en una rosa amarilla que marcaba la pagina 27 de “20 Poemas de amor y una canción desesperada” de una edición casi pirata que a duras penas recordaba, si lograba encontrarla y consagrarla a su dueña, la Mujer y la felicidad por fin serían suyos.
Semanas se pasó esculcando la vasta biblioteca de la casa, que parecía dilatarse con dobles filas de libros ocultos o la simple pila al costado de la cama y la mesita de luz en donde el único criterio de orden tiene que ver con el tamaño de los mismos.
Pero la búsqueda resultó en vano.
Sin que medrara duda en su objetivo, visitó amigos, conocidos y cualquier persona a la cual alguna vez le pudiese haber prestado algún libro alguna vez, recuperando joyas como una “Divina Comedia” de cátedra con anotaciones en toscano antiguo, o una edición de Moby Dick prologado por el mismísimo Costa Picazo, pero sin dar con el libro buscado.
A punto de darse por vencido, llegó hasta él la noticia de “El Almacén de las cosas perdidas”; el lugar donde va a parar todo aquello que hemos olvidado a propósito o por levedad de la memoria.
Sin sorprenderse ante la existencia de aquel lugar, No supo si lo juzgó imposible, milagroso o tal vez solo justo; simplemente supo que esa tienda revestía acaso la única posibilidad real de encontrar la Rosa Marchita.
Por supuesto, aquel espacio inaudito no estaba al alcance de todos; escondido detrás de un laberinto que abarcaba la mitad del recorrido del tren Roca, la Linea C de subtes, caminatas por Parque Chas y finalmente un tunal que bien podría haber sido un laberinto, encontró a la tienda solitaria entre medio de unos negocios cerrados años atrás.
Ni siquiera tuvo que revisar las señas que le habían dado; no podía sino ser ese lugar a medio derruir con un escaparate mugriento que solo dejaba ver la mitad de las cosas y las letras despintadas.
Ingresó en la tienda con esperanzas renovadas.
Mas grande por dentro que por fuera, lo sorprendió menos el espacio que la cantidad de gente que pululaba en su interior, como zombies, los ojos perdidos en un punto fijo de un horizonte inexistente, a veces se paraban, y hojeaban un libro, revisaban una pila de discos viejos o se sumergían entre ejemplares de “El Grafico” de Antaño, ante la mirada desdeñosa del viejo que se encontraba detrás de un mostrador tratando de arreglar un “Cerebro mágico”.
-Busco algo…- Dijo él con voz que parecía mas una suplica que una aseveración.
-¡Que novedad!- Rio el viejo entre dientes.
-Es una Rosa… un Rosa Marchita- prosiguió- Me mandó la Unica Mujer, y si la encuentro ella ha aceptado ser mía. ¿Cree usted que podría estar…?-
-Oh definitivamente. ¿En que lugar estaría sino?-
El Corazón casi le da un vuelco.
-¿Entonces sabe usted…?-
-Por supuesto que no- rio el viejo- Tal vez en otro tiempo, cuando los archivadores todavía se ocupaban de ordenar las nuevas adquisiciones, cuando la memoria de los hombres todavía daba valor a las cosas y las guardaba para la posteridad, pero actualmente… fíjese; hasta los inventarios se han perdido y ahora son tan parte del Almacén como los viejos diarios o los peluches de un niño que ha crecido…-
-¿Entonces…?
-Entonces usted se vuelve ya mismo por donde vino, o se queda buscando la Rosa que tanto quiere. No es un imposible, el almacén es vasta, pero no infinita. Ya ve usted, desde acá no le vamos a impedir nada- Agregó señalando a los zombies- Es su decisión-
Cabizbajo y derrotado, se dirigió rumbo a la puerta dispuesto a abrirla y no volver nunca más, pero en el último momento se detuvo, sopesando al fin que ser un zombie dentro del almacén, o serlo afuera por falta del amor, no hacía diferencia; resolvió quedarse en el almacén hasta encontrar la Rosa o morir en el intento.
Por supuesto, nunca la encontraría pero gracias a esa decisión y sin saberlo, él mismo se convirtió en la mas rara de las cosas que pueden malgastar los hombres; “El amor perdido”.
Así, algún día la “Unica Mujer” se daría cuenta de su sacrificio, de su tenacidad, de sus sentimientos no correspondidos y ella también lo buscaría hasta dar con el almacén o perderse en el intento.
Por lo pronto, triste, solitario, final e ignorante de su valor, se dedica a buscar aquel poemario entre las obras completas de Musil y los álbumes que le faltaban de Asterix.

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