Una prisionera.

Cuando he tenido un buen día la dejo salir por unas horas de la casa.

Le escribí un precioso invernadero llenos de las flores que tanto adoraba, incluso hay un espacio lleno de las flores de metal que durante el día brillan incandescentes con la luz del sol y de noche atrapan a la luna entre sus pétalos zumbones.
Por lo general ella se deja leer mientras camina descalza con las hierbas y de vez en cuando deshoja alguna rosa o se pierde entre los pliegues de una orquídea.
Algunas veces se ha revelado pidiendo explicaciones, gritando y pataleando y comportandose como la de antes, pero esto ha sucedido hace tiempo ya y ahora casi ha desaparecido.
Aun así, no puedo evitar muchas veces el sentirme un poco culpable de la situacion. Después de todo, las cosas se precipitaron por una serie de malentendidos y es imposible echar la culpa de los mismos a una sola de las partes.
De ese modo, Malentendido fue el brazo que me agarraba entre los suyos tironeandome para un lado o para otro, muerta de risa diciendo que en no se cual bar habia un karaoke y que teníamos, debíamos, mejor dicho, cantar I hace you Baby como Sony y Cher.
Malentendidas las no se cuantas noches que pase escuchándola hablar de su viejo que no valía nada y se había ido y que no sabia porque todavía llora cuando se lo nombran o se acuerda.
Malentendido ese beso en la fiesta de Navidad, así como medio al pasar poco mas que un roce de los labios pero claro para ese entonces yo ya había perdido la costumbre.
Malentendido ese te quiero que le largo como si se me fuera todo el aire.
Malentendida la risita de superioridad que medio le sale sin querer.
Malentendida la frase de Henry Miller “El mejor modo de superar a una mujer es convertirla en literatura”, porque yo no quería superarla, la quería mía y de nadie mas.
Así que empece de a poco escribiendo un gesto, un modismo del habla, una forma de mirar que es tan ella como la piel color Avellana, o los ojos opacos. Y poco a poco, letra a letra, frase a frase, ella empezó a estar menos acá que en las paginas y para cuando se dio cuenta de que era un fantasma yo ya la tenía toda en dos volumenes de ochocientas paginas, de la punta del meñique del pie al ultimo de los pelos rubiones.
El resto no fue fácil.
Los primeros días fueron un infierno, combativa como no la conocía, quería escurrirseme entre frases de sintaxis dudosa o faltas de ortografía por eso me vi obligado a mantenerla en una única habitación de la casa con cuidado de que no se hiciera daño, confieso si, com cierta vergüenza que muchas veces los improperios e insultos de esta primera etapa me hicieron actuar con crueldad inundando su pieza con luces que le impedían dormir o cambiando drásticamente la temperatura de la misma.
A esta fase le siguió la fase de los ruegos, en todo momento podía leer el entornar de sus ojos y el endulzamiento de la voz que me pedía por favor y me juraba que había estado tan equivocada, que si la devolvía me prometía el amor que, tontamente me había negado y muchas veces estuve a punto de flaquear, pero bastaba recordar esa sonrisita del malentendido para que no cejara mi resolución; entonces ella explotaba de nuevo pero cada vez con menos fuerza.
Mas pronto que tarde tuvo que acostumbrarse a su nueva situación y cuando lo hizo si, pude darle el dominio de la casa entera con su arquitectura que solo puede ser literaria y que tarde meses en construir con sus ventanales que dan, cada uno, a una postal diferente según su estado de animo, sus habitaciones de juego, estudio, cine y biblioteca que siempre están solo a una puerta de distancia, su Domo que mira a Constelaciones cambiantes e imposibles.
Así, la casa se ha convertido en su propio universo aparte y yo procuro que nada le falte
Por lo demás, hace rato he renunciado a la idea De que alguna vez se percate de las proporciones y dificultades de lo que he hecho, de lo que hago y de lo que estoy dispuesto a hacer, y aprenda a quererme, así que me contento con verla disfrutar de un libro nuevo que sumo a la biblioteca o una película antigua que le transcribo en la sala de cine.
Y del invernadero cuando he tenido un buen día.

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