La Caja o Un Truco modesto.

No se puede hacer mas lento.

René Lavand

Era el momento.
Era el día de probar la caja.
Traída desde Estonia, o Azerbajan, o alguno de esos otros impronuncibles países de la ex URSS; con su frente que presentaba la barroca faz de algo que podía ser un ángel o un demonio por igual, había pasado de mago en mago casi como un secreto familiar o una obligación de sangre.
Y Ahora era suya.
El final de su acto.
Así que dejó que la chica, vestida con las ajustadas mallas, se pavoneara ante la gente mientras detrás, él hacía girar aquel armatoste donde en unos segundos, la misma desaparecería “Del mundo de los mortales, en una dimensión hecha solo de energía y belleza”.
Entonces, las puertas se abrieron, la muchacha se metió dando un suspiro ensayado y dejando que la puerta se cerrara detrás de ella; luego, hubo unas palabras “mágicas” con un tono también ensayado, unas volteretas y unas puertas que se volvieron a abrir, esta vez, sin mostrar a la chica que hacía segundos estaba allí, una vez mas unos giros, unos pases de manos, unos minutos de espera y nuevamente la puerta se abrió ante el auditorio.
La gente no supo si aplaudir o no.
Donde tenía que aparecer la asistente sonriendo de oreja a oreja y demostrando que había vuelto de aquella dimensión, no había nada. Desconcertado, el mago solo atino a abrir grandes como platos los ojos y mirar al auditorio con un estupor inocultable.
Entonces, lógicamente, todos rieron; probablemente la puerta trampa que hacia desaparecer a la chica, se había trabado, o algún mecanismo de la ilusión no había funcionado y por eso la ultima parte del truco final se había transformado en una broma.
No lo era.
La caja funcionaba perfectamente, el espacio debajo de las tablas del suelo donde la niña tenía que apretarse para parecer “desaparecida” funcionaba exactamente como tenía que funcionar, las tablas se salían con la mínima presión, la única falla, era que la chica ya no estaba.
Las asistente había desaparecido de verdad.
Ya sin mucha gracia, la policía tuvo que hacerse cargo de la situación, arruinada la noche para el mago y todos los “testigos presenciales”, registrando el teatro de arriba a abajo, poniendo un perímetro para rastrear a la desaparecida…
Pero Nada, la niña se había desvanecido en el aire.
Convencidos de que la realidad no funciona como un tuco de magia, y atendiendo al hecho de que el mago estaba tan anonadado como los demás, lo dejaron ir a los pocos días de la investigación.
Por supuesto, los rumores creados después de la fatidica función y que abarcaban teorías como el secuestro o el propio homicidio acabaron con su carrera de alto perfil.
Decidido a olvidar lo pasado y comenzar una vida nueva, puso a la venta toda la parafernalia de sus trucos, sin extrañarle que, de todo su catalogo, nadie hubiese comprado la fatídica caja. Condenado, de algún modo, a conservarla, llegó la noche en que olvidó cerrar la puerta de la misma y entonces las voces comenzaron a llegarle.
Lejanas al principio, engoladas luego, clarisimas al final, eran las voces de varias personas que se habían perdido en aquel truco a lo largo del tiempo, reconoció, de entre ellas, a la voz de la asistente que, al igual que las otras, no se quejaba de su situación sino que tintineaba con alegría, al parecer, aquella dimensión de “Energía y belleza” era mas que solo la presentación del truco y realmente existía, lo único que tenía que hacer para alcanzarala era animarse a entrar y recitar las palabras mágicas que ya había dicho una vez y estaría junto a ellos.
Sin pensarlo un momento y sabiendo que no tenía nada que perder, se metió dentro de la caja y comenzó a musitar las palabras mágicas como había hecho tiempo atrás, solo para que frente a él, un hueco comenzara a formarse en el centro de la caja, un hueco que parecía agujerear la mismísima realidad, un hueco frio y espinoso que transformaba las conocidas voces en un cántico cacofonico y desde donde un tentáculo se aventuraba para llevárselo. Interrumpiendo el recitado de la pared y esquivando el tentáculo por unos centímetros salió justo cuando el hueco que iba a comérselo se cerraba y las voces gritaban en agonía.
Ya afuera, usó un machete para destruir la caja y luego sacó los restos al patio para quemarlos con gasolina; mientras lo hacía, quiso creer que no, pero durante todo el proceso, le pareció oír un finísimo susurro que gritaba ante cada nuevo golpe y mas cuando el fuego lo envolvía.
Años han pasado ya, solo en su casa, tildado de loco o extravagante, de vez en cuando los chicos del barrio a veces lo visitan probablemente luego de oír las historias de lo que podía hacer de boca de alguno de sus padres, a él no le molesta y les enseña los trucos de cartas, el del dedo invisible y el de hacer aparecer monedas detrás de las orejas.
Pero de desaparecer nada de nada.

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