Unas Transmigraciones.

Las huellas se demarcaban leves pero evidentes en la arena de aquella playa.
Con un gruñido contenido aprobó la pesquisa, este hallazgo solo podía significar que estaba cerca, pues es cuando mas tiempo permanecen en el plano mortal, que las huellas de las almas escapadas empiezan a hacerse mas visibles; como si toda la materia espiritual que les queda aun obedeciera a las reglas de la gravedad y cayera dándole peso a los pretendidamente etéreos pies.
Por lo general la cosa no puede ser mas sencilla. Cansados de que les impidan caer en la decadencia y la villania; los hombres venden sus almas al amo, mas que por su pago o deseo, para poder dedicarse a sus malsanos apetitos sin remordimientos. El problema es que ultimamente, con el mercado y las prisiones atiborradas, es difícil llevar la cuenta y el control de las mismas lo que ocasiona que periódicamente algunas escapen. Ahí es donde entra el.
Sabiendo que todas las almas tienden a complementarse con el cuerpo que las dejo de lado, basta con encontrar al pecador y seguirlo para que tarde o temprano el alma aparezca ansiosa de la comunión y así poder atraparla de nuevo.
Pero esta le había dado problemas.
Desde el principio ya, como si supiera de otros réprobos vendedores, lo había paseado por pueblos, penthouses, mansiones y toda guisa de lugares como intentando perderlo en un laberinto del tamaño del mundo.
Pero ya había terminado… O casi.
Preparo su arma. La balanceo entre los dedos, una, dos, tres veces hasta estar conforme y solo entonces entro a la casa. Ningún caso le hizo a la sala de estar primorosamente adornada o a la cocina inmediatamente a la misma, solo vio el rastro de sangre que marcaba las paredes subiendo las escaleras.
Lenta, metódicamente y con la vista atenta, subió aquellos escalones. Al final de un pasillo una luz brillaba fuerte proyectando sombras arabescos; entro sin hacer ruido; frente a la cama, el pecador yacía con las venas abiertas y llorando estentóreamente.
No había duda, el alma le había ganado de mano y el peso de sus pecados lo había superado al punto de…
Fue allí cuando sintió el empujón.
Desde detrás, con fuerza y tesón, como si alguien le conectara algo que había desconectado hace mucho tiempo.
Entonces se vio, de espaldas frente a la encrucijada, la horca y el caballo, el trato, el apretón de manos, esas manos en atornilladas en un cuello suave y terso, la lluvia que llenaba las órbitas de un viejo rival mientras encima el reía a carcajadas, los tajos sobre la cara de aquella belleza esquiva, las heridas, la sangre, el olvido…
Sin poder evitarlo se arrodillo, los ojos acuosos la mano, otrora segura, ahora temblando y detrás de el las huellas arenosas del alma que había perseguido.

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