El simulador.

Esa noche soñó que todavía era el otro.
Hambriento, desesperado, cubierto de lodo. Un desertor escabullendose como un fantasma por el campo de batalla para apoderarse de las ultimas posesiones de los muertos, revisando bolsillos solo rellenos con las fotos de un pasado inútil, abriendo de vez en cuando una boca u otra en la esperanza de encontrar un diente de oro o plata.
Carroñando.
Sobreviviendo.
Y al final. Siendo atrapado y condenado.
Nunca supo muy bien porque aquel joven capitán le tuvo lastima. Tal vez porque, como le había dicho, le recordaba a si mismo, tal vez porque su fe no lo hacía impermeable a la piedad, tal vez porque necesitaba un amigo.
Y fueron amigos. Durante meses enteros fueron inseparables, lado a lado, el capitán confió en el otro con sus historias, sus recuerdos, sus esperanzas.
Le contó sobre La casa que había dejado hacía varios años ya, la novia que creía no había nunca terminado de conocer bien, su deseo de paz y tranquilidad; habló y habló sin percatarse, sin ver lo que estaba alimentando; esas miradas que estudiaban sus movimientos y modos, los pasos que medían los suyos centímetro a centímetro, las caras que imitaban mohines limando asperezas y diferencias que remplazar.
De mas está decir que tampoco vió venir la roca que uso para desfigurarle el rostro, despojarlo de sus ropas, de sus efectos y al fin de su pasado y su futuro.
Para cuando llegó al hogar ya era el capitán: confiado, podía recitar su vida de atrás para adelante con detalles que nadie mas podía conocer, sabia las historias de todos en el pueblo como la palma de su mano y podía moverse sin que nadie sospechara de de su físico; después de todo, la guerra cambiaba a las personas y un cachete mas flaco que antes, o una nariz levemente mas corta no era signo de nada mas que del tiempo y las penurias.
Sin culpa, pero si con algún sentido de justicia, vio necesario cumplir los deseos que aquel le habia comunicado, volvió a la casa de sus padres ya muertos, cuidó de su abuela enferma, conoció y se casó con aquella novia apenas conocida.
Vivió la vida de paz y tranquilidad que el destino le tenía reservado bajo otro nombre.
Hasta ese día.
Ese día el joven llegó a su puerta. Todo buenos modales y sonrisas, se anunció como un viejo compañero de la guerra; incrédulo, él pudo haber jurado que no lo conocía pero en el momento en que aquella visita dijo su nombre algo se removió dentro de él, algo viejo y olvidado y enterrado y criminal.
Como una historia que volvía a contarse…
Esa noche soñó que todavía era el otro.

Advertisement