Un Tren cualquiera.

El hombre gordo habla por celular justo enfrente mío. Con esa voz que no puede tener nadie en la vida real, trata de zafarse de una reunión con el director de la escuela por algo que sin duda el granuja de su hijo hizo. Como todas las semanas. Mirando de soslayo, giro el paquete de cigarrillos adentro de mi bolsillo esperando que diga su frase cliché y termine así la conversación.
Al parecer hay varias bajas hoy en el tren.
El periodista falto a la cita, probablemente por alguna emergencia a la cual tenía que llegar como su Súper aburrido alter ego.
El Dr. lisiado apareció por unos días arruinando pies con ese maldito bastón hasta que intento el truco de pobre invalido conmigo y se lo tuve que patear para que aprendiese. Se quejo, claro esta, preguntando si no lo había visto a lo que conteste que obviamente no, que evidentemente era ciego y nunca se me ocurriría usar mi discapacidad para aventajar en algo.
Supongo que ahora viaja con su Watson personal.
Los que nunca faltan son los asesinos. Unos cuantos asientos mas adelante, hablan del ultimo viaje de uno de ellos a la Argentina, a la que define simplemente como “Europa para pobres…” para después contarle que lo mas raro que vio es una suerte de ceremonia que involucra una pajilla enterrada en hierba que, nunca se entero porque, al parecer es legal por allá.
Sin querer me río pensando en porque nunca me tocan casos con sospechosos como ellos. De verdad, lo único que habría que hacer es dejarlos encerrados el tiempo suficiente y tarde o temprano confesarían solo para poder hablar con alguien.
Como siempre, en un rincón casi invisible del vagón, el hombre que solo es una inicial mira ansioso de lado a lado esperando la llegada de los dos hombres de negro que parecen salido de una película de cine mudo y lo declararan culpable de un crimen que tal vez no exista.
Igual, Para que negarlo no es a el al que me gusta mirar y ella lo sabe. Las mujeres bellas siempre tienen ese sexto sentido. Siempre saben cuando las estas mirando y te clavan la vista para que sepas que saben.
Así que mientras me apuñala con los ojos y, hago mi mas grande esfuerzo en no achicarme adentro de mi raída gabardina marrón.
Rubia de las que no vienen en botella, Sin duda conoce el juego y lo ha jugado varias veces, tiene unos labios finos que van entre medias sonrisas que no se condicen con los ojos de puro hielo o sus piernas. Dios, Esas piernas. Esas piernas por las que mas de un condenado habrá sacado pasaje directo al infierno de repente cobran vida y se cruzan dejando el resquicio justo para no tener que imaginar nada.
Me pregunto que diría si me acercara y le susurrara la verdad, si les dijera a todos ellos que en realidad son fragmentos de la imaginacion de alguien mas. Que esos gestos tan característicos, sus vestimentas, sus modos de moverse, de hablar y de ser al fin, vienen de otra realidad; una en la que escritores y guionistas ya les escribieron la vida de pe a pa.
Probablemente no se lo tomaría muy bien, me digo, sacudiendo la cabeza para después encasquetarme el sombrero, pasar un dedo por el ala y salir del tren.
Afuera, en el mundo real, al fin puedo prender un cigarrillo y mientras el fósforo muere en mi mano pienso que alguien en esta ciudad tiene un Halcón de oro pintado de negro y yo tengo que encontrarlo.

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