Cajas.

No me miran. Nunca me miran.
Su atención esta siempre puesta La caja.
De un tono tan profundo que parece imposible; la caja es un agujero negro que se traga todo a su alrededor; la luz, las buenas intenciones, la atención de mi interlocutor.
Ella solía decirme que trabajaba de hombre invisible y supongo que algo de razón tenía, pues no es hasta que carraspeo adrede y simulo una tos, que los ojos azules frente a la mesa reparan en mi, lentos y bovinos, como si derrmasen una interrogación implícita.
– Yo… Yo ni siquiera porque estoy aquí- me dice con una voz que parece una velada suplica.
Por supuesto, Es ahí donde pongo el piloto automático y el speech sale como tantas veces antes.
– Nadie lo sabe salvo los augurios, e incluso sus razones resultarían difíciles de catalogar.
Suspira – Pensé que solo se las daban a gente importante; ricos, celebridades, politicos…Que importancia tendría que tener un simple colacionado como yo en el gran Orden de cosas…?
-Le llamamos “El Diseño” y si, a veces su estabilidad depende de grandes cambios en el orden de las cosas, pero a veces un reacomodamiento puede hacerse con una acción mínima. Como la mariposa que bate las alas y crea un tornado en Texas- me mira con los ojos como platos de aquel que no entiende- fijese- le digo señalando la caja- abrala y entenderá-
Tragando saliva y con Un nudo en la garganta abre la caja de a poco, como si hubiese una bomba adentro.
Pero resulta que adentro solo hay un pasaje de avión. A Tokio. Mirando alternativamente a mi y al papel durante lo que parece una eternidad, finalmente logra articular.
-Entonces: ¿Tengo que viajar?- No le respondo. Un comunicador no puede influir en la elección de nadie. Regla uno del Manual del ministerio.
Por fin, luego de unos minutos de comprobar que no voy, que no puedo hablarle, dice con una convicción importada:
-Tengo que viajar-
Y se va con su caja abajo del brazo haciendo un saludo que me la hace acordar.
Pero no termina ahí.
El segundo de los elegidos tabletea la mesa como ella solía hacer, nervioso, maniatico, sigue con los ruidotos hasta al fin abrir su caja y obtener un martillo de la misma. La tercera, mas decidida, espera menos para abrir su caja y terminar blandiendo un rollo de papel aluminio que refleja unos ojos que son un calco de los de ella.
Y así, y así…
No deberia sorprenderne; Por alguna razón hace un par de semanas la encuentro filtrandose en moblajes de a poquito pero sin detenerse, como una mancha de humedad en el cerebro.
Por supuesto, me digo a mi mismo que ya va a pasar, que solo es parte del duelo que ya no daba para mas. Que es mejor enfocarme en el trabajo, Pero en el momento menos adecuado aparece de nuevo de una forma u otra.
Tratando de no pensar en ella, entrego mi ultima caja del día; el individuo,alto, flaco, con unos ojos azules y muertos, no me la recuerda en nada y me alegro por ello.
Frente a mi, Sin denostar emoción, abre su caja y la mira entornando la cabeza, como elucubrando algo, como si entendiera pero aun así no estuviera enteramente seguro.
Pasan los minutos.
Estoy a punto de decirle algo cuando mi telefono suena.
Es ella. Se que no debo pero atiendo igualmente ante la indiferencia de estatua de mi acompañante.
-Hola-
-Hola- espeto secamente
– Perdoname se que a esta hora estas trabajando y…-
-No importa ¿Que queres?- interrumpo hosco
-La verdad no estoy muy segura…-
– No deberías de haber llamado entonces-
-es que hay tantas cosas para decir. Tanta disculpa, tantos perdones que te debo…
-¿Y porque justo ahora…?-
-Es que me llamaron al ministerio…-hace una pausa- Me dieron una caja. Adentro solamente estaba tu numero y pensé que tenía que…-
Dice otras cosas pero ya no la puedo escuchar.
Frente a mi el hombre alto saca un viejo revolver de la caja y, ya decidido, dispara sin siquiera pestañear.

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