El conjurador o Las mil y una muertes de Carlos Gracián.

No existe en el universo un instante que se repita.
Contaminados de la rutina y de ese invento llamado Deja Vu, los mas de nosotros crremos en días iguales, con momentos iguales en iguales circunstancias, porque no sabemos llamar a las cosas con su nombre: aburrimiento.
No. Dos instantes verdaderamente iguales se anularían entre si pues supondrían un escándalo de las mismas propiedades del universo (o de Dios, que es la misma cosa).
Asi lo supo Carlos Gracián. Filosofo de entre ratos y Autor de modestos libros de cuentos; un accidente en auto que casi termina con su vida lo hizo pensar en el anterior axioma.
Si dos momentos idénticos no pueden existir en el universo, reflexiono, basta conjurarlos para anular la serie por completo. Asi, si en un cuento (una de las sinuosas formas de la propia realidad) yo, Carlos Gracián, muero desangrado al costado del pavimento, esa posibilidad le quedara vedada a la propia existencia.
Armado con esta lectura (con esta perversión de una lectura) Gracián se aboco a la tarea de narrar su muerte para desvanecerla.
Encerrado en un sótano de su casa de San Vicente, con una puerta blindada y que solo podía abrirse desde afuera a la vez que lo escondía (protegía) del exterior y recibiendo lo necesario para vivir en paquetes que sus amigos le entregaban mensualmente; Carlos de dio a la tarea de escribir su muerte.
Siguiendo una lógica entendible, Gracián escribió en primer lugar las muertes mas comunes que podrían ocurrirle en el limitado universo del sótano; un resbalón en el cuarto de baño, atragantarse con una espina del pescado de los miércoles, una sobredosis de pastillas para dormir y cosas asi, sin embargo, literato el al fin, pronto recordó que el universo no deja de actuar con cierto grado de Caos e ironía lo cual lo llevo a plantear las hipótesis mas descabelladas, que el piso de su sótano se derrumbara a causa de criaturas/topo que reclamaban lo subterráneo como su dominio, que en realidad todo fuese un sueño afiebrado de la duermevela de su accidente, que, sin siquiera entererase el mundo hubiese desaparecido encima de su cabeza dehandolo solo a el y a sus cuadernos (este lo había copiado de una vieja serie que solía ver de chico).
Años enteros se paso Gracián encerrado tratando de conjurar todos los eccenarios, todos los detalles, todas las posibilidades de sus muertes dilatadas. Tanto fue asi que llegado el sexto año y con su mente carcomida por la morbosidad del proyecto, Gracián comenzó a escribir un nuevo escenario con la impresión de estar repitiendose.
Con el objeto de no tener que volver a escribir algo que ya había hecho, Gracián se puso a revisar los cuadernos maldiciendo que, tan previsor, nunca los hubiera ordenado mas que en pilas sin nada que delatase el contenido.
Furiosamente hojeo los cuadernos de los mas nuevos a los mas viejos dando con el décimo de la serie, ahí abajo de todo, corroído por la humedad, la suciedad y las múltiples ratas que, sospechaba, con el tiempo habían dejado algo de ellas por ahí, paso las hojas rápidamente por sus manos ya sin esperanza hasta sentir la cortada.
Cortada. Cortada de papel. Cortada de papel mohoso, palpitante y lleno de bacterias. La herida casi le abría la palma del dedo anular a la muñeca.
Desesperado, busco el alcohol que guardaba en el botiquín pero este se había acabado y hasta dentro de tres semanas sus amigos no llegarían con provisiones.
En un acto de lucidez, se sentó y tomo el lápiz para poder conjurar también este peligro, pero no tardo en reflexionar sobre la inutilidad del acto.
Los escritos eran para lo que no había pasado todavía y esto, esto ya había ocurrido. Prueba de ello era la gota de sangre negra y un poco verdosa que ahora se escurría por sus manos.

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