Dos cuentos, dos.

La gabardina.

Remera, pileta, cuello, gorro, bufanda y aun así tengo frío.
Temblando, tome la gabardina del gabinete y la abotone por sobre mis hombros.
El frío no se iba.
Resoplando, recordé el ambiente húmedo y casi tropical del café dos cuadras mas abajo y me dispuse a ir de inmediato.
En el bowl de las llaves, encontré las de la puerta pero por alguna razón estas se se revelaban contra mis manos como si se ahuecaran antes de poder asirlas.
Enojado, trate de dar un manotazo al Pobre Bowl pero este permaneció en su lugar.
Exasperado, incrédulo, aterrado al fin; miro el largo espejo del recibidor: la gabardina colgaba sola en el aire como un mal truco de carnaval.

El árbol de las historias.

Cabalgando el corcel, brioso el espíritu y lista la espada para el peligro y la gloria; había transformado la cabalgata en días, meses y hasta años.
Guiado por la voz y la figura de una princesa que casi había olvidado; su destino se dilataba en desiertos de hirviente arena, bosques espesos hasta la exasperación y llanuras cansinas y sin rumbo.
Mas un día, una jornada con olor a magia y hechizo, el caballero encontró por fin el árbol que había buscado.
El famoso árbol de las historias.
El árbol que por fin le daría sentido a su búsqueda y a su vida.
Tembloroso, tomo una hoja que caía frente suyo, con las palabras a medio ver las acerco a sus ojos para poder leer lo que decían.
Con sorpresa, con terror después, tuvo que enfrentarse a las palabras “Cabalgando el corcel, brioso el…”

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