La Trampa.

La primera vez que me percate de ellos fue en el pasillo que bordea el costado de la casa de mi abuelo.
En ese momento el concilio contaba solo con tres participantes; dos colgados de la salida de la estufa y el tercero abajo, la cola alrededor de las patas, casi como una estatua, esperando con ese desinterés que solo la cara de un gato puede demostrar.
Acostumbrado ya al echo de que cualquier casa sin perro se transforma virtualmente en su patio de recreo, entre lo mas lento posible para darles tiempo de que huyan hacia otras casas raudos y, tal vez, con algún siseo de por medio.
Pero esa vez no.
Esta vez ninguno de los gatos se fue, ninguno salió disparado ante mi prescencia, solo se quedaron ahí, mirandome pasar a su lado con sus felinos ojos clavados en los míos que, lo acepto, debieron de ser una mezcla de extrañeza e incredulidad.
La segunda vez pase de la incredulidad a preocupación.
Engalanado con la honrosa tarea de cuidar la casa de una pareja de amigos “Ya sabes, regar las plantitas, abrir un poco las ventanas, darles agua y de comer a los bichos. Lo usual y si te queres quedar hay Netflix y todo”, llego el viernes a la casa para encontrar que, por alguna razón, los tres gatos de mis amigos se habían transformado en ocho. De todas las razas, pelajes y colores, aparentemente habían logrado pasar por una rendija en la persiana del balcón y todos me miraron como si los hubiera interrumpido en el medio de una reunión, y no cualquier reunión, sino una en la que se discutía algún asunto de vital importancia.
El momento duro escasos minutos pues sin que yo pudiese siquiera reaccionar y con una coordinación de la cual los creía incapaces, los gatos extra se deslizaron por la rendija para desaparecer por los recovecos del afuera.
Anonadado y sin saber que hacer, me escuche a mi mismo preguntar como un estúpido a uno de los animales “¿Que esta pasando acá?” solo para obtener una mirada de calculado desdén y un medio maullido estrangulado.
La tercera vez pase de la preocupación al miedo y al horror.
Desde mi mudanza al edificio había yo entablado cierta, no amistad, pero si afinidad con mi vecino del piso de arriba. Ávido lector de todo lo que cayera en sus manos y poseedor de un TOC de importancia, prácticamente no había día en donde, directamente desde abajo, no pudiera evitar oír como acomodaba y reacomodaba los muebles de su departamento, nunca encontrando la configuración perfecta.
Esa semana no había escuchado yo ningúno de los ruidos habituales y, sumado esto al también raro hecho de no habermelo cruzado en ninguna parte hizo que resolviera usar la llave que me había dado “Para emergencias” pata chequear que todo estuviera en orden.
Asi, luego de llamar unas prudentes tres veces a la puerta casi gritando su nombre, gire por fin la llave y me aventure al departamento.
La escena era surrealista.
De izquierda a derecha, de arriba a abajo y de un costado a otro el depto estaba repleto de gatos al punto de que el piso del mismo parecía una sustancia viva hecha de felinos que se removía y retorcía casi ordenadamente, casi como olas provenientes de un epicentro claro en el centro.
Allí, los inquilinos habían apilado retazos de libros saqueados de las bibliotecas del dueño.
sin siquiera acercarne pude reconocer entre los mismos: El manifiesto Comunista, La Huelga General, La Riqueza de las Naciones, Mi Lucha, El Príncipe
Y algunos libelos de ideología política.
Inmediatamente supe que no solo habían leído aquellos textos, sino que los habían discutido.
Asi, Enfrentado, una vez mas, a la mirada de (creo) cientos de ojos felinos, esta vez fui yo quien dejo la casa sin que la pregunta sobre el destino de mi vecino siquiera surgiera en mi mente.
Seguro ya de una imposible coincidencia o fabulación propia supe enseguida lo que pasaba: los gatos planeaban LA revolución, el golpe que los pondría, al fin, en su justo lugar como los dueños del mundo.
Era un hecho. No me cabía duda alguna y sin embargo una pregunta me rondaba la cabeza: ¿Porque se me había permitido atestiguar aquello? ¿Porque. Aquellos seres que habían engañado a mi raza por milenios no habían tenido mas cuidado en las reuniones para preparar su golpe? Y ahora; ¿Porque no detienen la transcripción de estas ocurrencias en la cual me hallo enfrascado?
De a poco, casi como si no quisiera, aparece Una posibilidad que se va formando en mi mente y no puedo evitar temblar al trabscribirla.
Todo fue una trampa. Todo fue un ardid parte de su plan.
Los Gatos me necesitan
O mejor dicho, necesitan gente como yo, gente que grite a los cuatro vientos la inevitable verdad y cercanía de su plan para que seamos tratados de insanos, de orates con delirios persecutorios o algo por el estilo.
No me van a matar. No por ahora, les soy mas vivo útil como una mala burla y por eso uno de ellos hasta se permite el lujo de bajar y maullar aprobando esto que escribo mientras me pregunto Cuantos, como yo, somos usados para que el movimiento continúe siendo un mito.

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