Resoluciones.

Cuatro. Solo cuatro le faltaban. Solo cuatro de su lista de promesas pero el año entrante se venía con la fuerza de la inevitabilidad del tiempo.
Asi que decidió detenerlo.
Con una alquimia que hubiera resultado un mal chiste incluso para el mas basico de los niveles magicos; detuvo la ultima campanada del año que se iba entre sidra caliente, estrellitas de colores y Mantecol a medio comer.
No desperdició aquel tiempo que no era.
Con el mundo detenido en ambar pegajoso y arcano, se abocó a la cmplesion postergada.
Escribio el principio de aquella novela con la que habia jugueteado durante todo noviembre.
Miró “El resplandor” de pe a pa a pesar de que le parecio terriblemente aburrida.
Logró, casi sin aire, romper su marca de los 8 kilometros por hora en la caminadora del hogar.
Y finalmente Corrió hasta la casa de la esquina de sus abuelos.
La puerta abierta, los festejantes congelados en un saludo sin fin; esquivo mesas, y gente y mascotas asustadas para, al fin estar frente a ella. Por supuesto; una parte de él sabía que era trampa, sabía que decir aquello sin que ella pudiese oirlo, recordarlo o siquiera percibirlo era torcer las reglas; pero se convencía de que su promesa había sido “Decirle que la quiero” y no “Esperar respuesta”.
Tragó saliva, sus labios comenzaron a moverse, la voz se le puso tenue, y floja, y moribunda pero la impostó con habilidad y aplomo.
Ya el sonido empezaba a salir, y entonces, tal vez porque al destino le gusta la ironía o que uno se haga cargo de lo que dice; el tiempo volvió a su cause natural y aquel “Te quiero” se escuchó clarisimo incluso por encima de los petardos, las voces y los Chin-Chin que sobrevinieron alrededor, como si el mundo se desperezase de un sueño pesado.
Atonita lo miró con los ojos como platos mientras él cerraba los suyos, se encogía avergonzado y se prometía que este año revisaría mejor la fecha de vencimiento de sus hechizos.

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Bienes.

30.000. Eso le habían prometido. Eso necesitaba.

Con los padres fuera, vio su oportunidad de aprovechar unas mini vacaciones usurpando el caserón casi abandonado de Valeria del Mar.
Los primeros días estuvieron bien, pero entonces empezaron los ruidos.
A veces frascos de vidrio girando, a veces llaves tintineando, a veces murmullos parecidos a palabras pero hasta ahí nomas.
Imperceptibles primero imposibles de ignorar mas adelante.
Venian De la cocina. Del baño. De la habitación de sus padres al otro largo del largo pasillo por el cual solía correr cuando arreciaba la tormenta.
Por supuesto quiso convencerse de que aquello no era mas que las imaginaciones afiebradas de un paranoico que no se acostumbraba a estar solo en aquella vieja casa casi abandonada.
Pero los ruidos no paraban y luego fueron acompañados de signos mas funestos, cosas fuera de lugar, sabanas y frazadas revueltas sin señales del durmiente, fotos dadas vueltas con orden casi macabro.
A pesar de todo se resistía a creer en aquella fantasmagoría de película B.
Hasta que lo vio.
Volvía de caminar por la playa, arena entre los dedos de los pies y la refrescante espuma que lamia la costa.
Mientras silbaba una canción a medio recordar subió la vista y allí estaba. Cono si siempre hubiera estado, recortado contra la ultima ventana de la casa. De barba y pelo hirsuto, con una caleñas lenadora el intruso lo miraba detrás de unos anteojos de oro.
Asustado, pero con sus sospechas ya fundadas, corrió dentro cuidandose de cortarle el paso por donde fuera que quisiera escapar.
Pero nada.
Ni siquiera en el altillo que lo hubiera dejado atrapado y sin escape. Simplemente de había desvanecido.
Asi como se desvaneció cuando casi lo hace atragantar con la comida al pasar por el arco de la puerta admirando los arabescos del marco o cuando lo descubrió pispeando la sección sajona de la biblioteca paterna interesado en un Bewolf de Siruela.
Pero esta noche seria el final del intruso, fuera lo que fuese, quisiera lo que quisiese, Esta era la casa de su familia y estaba muy equivocado si creía que no pelearía por ella.
Fue asi que Exagerando su cansancio, fingió irse a dormir temprano hasta que, bien entrada la noche volvieron los ruidos.
Sin perder el tiempo tomo el viejo mosquete que había guardado debajo de la cama.
Hoy no escaparía.
Bajo las escaleras con cuidado, siguiendo los sonidos hasta el recibidor, el comedor, la cocina…
Y ahí estaba. Misma camisa, misma barba desalineada, mismos anteojos de oro cubriendo una mirada de inteligencia y, ahora, de temor.
Aterrada, la figura trato de decir algo pero sus palabras parecían estar fuera de sincronía como si fueran demasiado rápido o lento para esta realidad.
El mosquete resonó como un trueno por toda la casa y la botella de whisky que sostenía aquel intruso se deslizaba de las manos y caía como en cámara lenta… Y de repente de detenía.
Como las balas.
Como el mundo.
Despertó.
La voz pareció salida de todos lados al mismo tiempo
El casco de la maquina tardaba en abrirse y dejarlo irse mientras la voz comunicaba.
“Lo sentimos señor Núñez. Su recuerdo no podrá ser vendido ni alquilado. El hecho de que haya podido percibir al potencial comprador mientras lo inspeccionaba da claras muestras de que no se lo puede separar de usted sin Sufrir fallas catastróficas en su psique”
Vencido bajo uno de los pies listo para irse, pero entonces…
“A no ser que tenga algo mas para ofrecernos”
cerro los ojos por un momento. Pensó en el viaje de egresados.
La nieve. Las bromas. El beso cálido y húmedo de alguien que nunca creyó amar igual.
Con lagrimas en los ojos volvió a la camilla.

30.000. Eso le habían prometido. Eso necesitaba.