Responsable o, continuidad de los Wallander (Gracias David!)

Cuando despertó el hombre estaba apenas a una página de distancia. Sin tiempo para siquiera desperezarse releyó la frase donde estaba y mordió el lápiz nervioso: “El torino volaba sobre las calles de la ciudad. 200 caballos de fuerza llevandolo a su destino final…”. Estaba en un auto. Bien. Podía hacer que se parase y eso le compraría un poco de tiempo, no mucho.
La culpa de todo la tenía su editor. Después de las pésimas ventas de “Un amor bajo fuego” había que cambiar algo. Mover las cosas. Todo había terminado demasiado bien, el cartel mexicano destruido, el villano muerto, el hombre reunido al fin con su amada; perdía instares y la saga se estancaba. “Hay que darle una nueva motivación” dijo mascando chicle todo lo desagradable que podía ser “y que mejor que venganza por… Digamos; una esposa muerta”.
Lo cierto es que le había encantado la idea. Todos aman una historia de venganza, simple, cercana, dramática; plasmada en esa escena final con nuestro héroe arrodillado bajo la lluvia sosteniendo el cadáver de su esposa, desfigurada por una explosión terrorista, mientras musita en su oído “Van a pagar. Quien haya sido. Va a pagar”.
Poco sabia el escritor que esa frase seria su epitafio pues, comenzada la siguiente historia, en lugar de buscar a Killic, aquel terrorista ruso tuerto, responsable del ataque, el héroe se removía, se resistía, se revelaba, actuando por su cuenta; golpeando, interrogando, buscando al responsable de su desdicha. Al verdadero. Al cerebro detrás de todo.
A El.
Por supuesto. Al principio lo creyó imposible. Su propio personaje. Su propia creación persiguiendolo como si su mundo y el nuestro fueran dos caras de una misma hoja. Pero la evidencia estaba ahí. Al principio penso en no volver a escribirlo pero Presas de una alquimia inaudita. Las palabras se le caían sin control como si aparecieran por si solas y solo podía paliar la situación con mas palabras. Perdiendolo en ciudades desconocidas, emboscandolo con enemigos de historias anteriores, intentando matarlo a cada esquina.
Pero él lo conocía demasiado. 14 libros lo habían vuelto ducho en sus yeites y manías y se deshacía de estos peligros sin siquiera sudar. Como ahora. Cuando el auto parado no lo ha detenido lo suficiente pues. Previsor. Ha traído una segunda batería y sin que el escritor pueda evitarlo, ya esta en el edificio. De nada sirve que le arroje al conserje presa de una furia asesina y enloquecida. De nada sirve que le cierre los pisos de arriba con puertas viejas y herrumbrosas. El hombre sigue su camino indetenible. Inescapable y ahora patea la puerta de la habitación. Apunta frío y calmado y en un solo gesto…
Cuando el lápiz apenas mordido del escritor rodó hasta el piso. El hombre que había disparado ya no estaba ahí. Cumplida su misión. Había desaparecido como un cuchicheo en el aire o una palabra tapada con sangre

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