Minutos.

Hay lugares en el mundo donde los minutos perdidos en una espera resultan no perderse del todo sino que son cooptados y embotellados para su posterior comercio.
En general los hechiceros capaces de tamaña artesania tratan de mantener estos lugares en secreto al punto de apelar a la amenaza e incluso la violencia, sin embargo Las señas de algunos de ellos lograron filtrarse en el arduo y milimetrico Atlas de los lugares imposibles de Tennison, a saber: la cola infinita y serpenteante que lleva a ver “La piedad”, pletórica de turistas con su Babel de lenguas que lo pierden a uno en el mismo lugar que se encuentra, el tope del Empíre State, donde todos los días del año enamorados venidos de los cuatro puntos cardinales esperan a su alma gemela o a alguien que conocieron en un chat y finalmente a una pizzería calabresa donde sucesivos (sino infinitos) mozos piden la orden para luego desaparecer detrás de una doble puesta esperando al siguiente de la posta sin que la orden llegue nunca a destino.
Modestamente creo haber encontrado uno de estos puntos en la Terminal de la empresa San Vicente, donde todos los días cientos de pasajeros pierden de treinta minutos a una hora por el añorado viaje a casa. Ofrecimientos subrepticios de “tiempo perdido” o “horas de ocio” por un módico precio parecen sostener mi teoría.
Nunca he comprado, sin embargo, estos minutos robados a otros pobres diablos como yo; esto no obedece a pruritos de tipo moral o falta de ganas sino simplemente a la idea de que cualquier cosa comprada de aquel lugar olería invariablemente a meo de varios días.

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