La Sociedad de perdedores de libros.

Cuando saque del bolso aquel ejemplar del Fausto de Cátedra que habia buscado durante semanas, el improbable (o increible) hallazgo, ahora encontrado entre los resquicios del asiento de mi ultimo tren del día; mi amigo Martin Martín Prestía no tardo en notar que toda la situación parecía ser obra de “La sociedad de perdedores de libros”, sociedad que, no pudo creer, yo desconocía por completo.
Armado entonces con la vergüenza de asistir a la Facultad de Letras de Buenos Aires y nunca haber oído de semejante concilio, dedique las siguientes semanas a trazar una genealogía de esta sociedad. Buscando así, en conversaciones del bar del subsuelo, señas de los profesores e, increíblemente, una sección de la propia Facultad malamente conservada por la húmedas y la dejadez, logre hacerme, si bien no con la historia, si el menos con una idea de la exégesis y los alcances de la misma.
Formada por un grupo de díscolos lectores de literatura Fantástica y Filosofía que solían reunirse en la parte trasera del Bar “La academia”, la sociedad completa estaba basada en la perversión de una verdad de perogrullo; si “Todo libro encuentra su lector”, esta aseveracion sometida a su exasperación universal nos dice que básicamente basta con lanzar un libro al mundo y este, cual mensaje de naufrago, encontraría a la persona que mas lo necesitase en el momento cuando mas lo necesitase.
En eso creyeron, y a eso se abocaron mas no sin antes promover una cierta cantidad de reglas al respecto.
En primer lugar el libro en cuestión debe de ser verdaderamente perdido, nada de esos torpes descuidos planificados u omisiones ya pensadas, no, el libro debía desaparecer de la órbita del dueño por volición del Propio azar… Lo cual no significaba que no se pidiera ayudar levemente a la suerte usando mochilas con cierres dudosos o bolsos con fondos poco confiables, que, se sabe: habían costado a mas de uno de los lectores tanto llaves como otros menesteres antes de efectivamente perder el mentado libro.
La segunda de las reglas postulaba que el libro a perder debía de significar algo para el dueño, este prurito era lógico a la luz de la creencia de que solo podemos perder algo realmente si alguna vez fue verdaderamente nuestro, y la única forma de poseer un libro es leerlo, pensarlo, rumiarlo, cuestionarlo, odiarlo, llorarle encima, entenderlo, desentenderlo, mantenerlo en la mente y en la menoría como a un ser querido.
La tercera regla era mas bien una lista de buenos lugares para intentar la perdida. Bares de la periferia donde el café con leche no de llama Latte, trenes y colectivos de largo recorrido, bibliotecas de silencio reverencial, bancos de escuela y hoteles de vacaciones.
La anteúltima de las reglas dictaba un esquema con el periodo de duelo adecuado a cada libro (según su cercanía, su prescencia en nuestras vidas, su valor emocional) y terminaba anunciando que, finalmente, todos los “perdedores” debían de creer firmemente que el libro habría de encontrar su lugar adecuado.
La ultima de las reglas se enunciaba como un oximoron, como si de algún modo borrara las anteriores mas era, sin embargo, de alguna manera adecuada a los propósitos estrambóticos de la sociedad; “Conviene que salvo un pequeño grupo de individuos, los demás socios desconozcan por completo su pertenencia al grupo”decía “La Magia que intentamos invocar se hace imposible cuando el procedimiento es explicado. El dolor de la perdida, el duelo y finalmente, la aceptación deben de ser verdaderos y la verdad muchas veces trabaja mejor desde la ignorancia…”
Sentencia, a todas luces correcta, y razón por la cual lamente saber la existencia de la sociedad cuando mi ejemplar del Aleph de la colección de clásicos Clarín escapo de ni bolso en algún lugar entre constitución y Alejandro Korn.

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